—Es un jumento nuevo y de buena casta que puede cargar con una iglesia, me dijo.

—Pues mejor, asi podrá aguantar una buena jornada.

—Es que yo no le venderé en menos de diez ducados.

—No quede por eso tomad doce.

Y sacándolos del bolsillo los di al pastor.

—Vamos á aquella cortijada, me dijo; descargaré al pollino y os le llevareis.

Poco despues, y habiéndome dado el pastor las señas del camino por donde debia ir para llegar al puerto, me encontraba cabalgando en mi asno por la senda de un áspero desfiladero.

A mis piés veia la especie de embudo donde está situada la sima de la princesa encantada.

Estaba enteramente solo; descendí, llegué á las quebraduras; ví la roca á quien creen una mujer encantada, y encontré esta gruta: ¡ah! ¡á propósito! deteneos un momento Cisneros: ¿veis ese agujero abierto debajo de esa enorme roca?

—Sí.