—¡Diablo! sois un hombre que de nadie necesitais.
—Si tal, he necesitado de un jumento que traiga nuestras camas, nuestros víveres y nuestra leña, á mas de dos buenos arcabuces que hay en aquel rincon.
—Sois todo un hombre, señor Godinez.
—Voy á traer leña, la encenderemos, pondremos junto á ella nuestra mesa, comeremos, beberemos, y acabaremos de entendernos.
Algun tiempo despues, sentados en dos taburetes de pino, teniendo en medio una mesa, en que se veian dos botellas, un vaso y una fuente de estaño, en que humeaba una olla podrida, al lado de una hoguera que ahumaba la habitacion, comian y bebian callando, en uno de esos primeros momentos de la comida, en que solo se atiende á un apetito exigente, Laurenti y Cisneros.
—Vamos á ver, dijo el primero al segundo, sacando un enorme reloj de bolsillo: son las once del dia, hasta las cuatro de la tarde en que necesitamos ponernos en marcha, van cinco horas: en cinco horas de buena conversacion, se puede convenir en muchas cosas.
—Os digo en verdad, amigo Godinez, contestó Cisneros, que me encuentro en las Alpujarras, y metido segun creo en una grande empresa, sin que yo me dé otra razon de andar en estos pasos, mas que mi empeño por una mujer, que se ha burludo de mí, que se ha burlado, por lo que entiendo de vos, cuya historia es un misterio, y cuyo fin podrá ser desastroso. Yo he tenido amores con muy nobles y hermosas damas; he gozado del favor y de la amistad de poderosos señores; he manejado á mi antojo á un príncipe, y he jugado con mi fortuna, sin pararme nunca á considerar en qué vendrian á parar mis aventuras: nunca una mujer ha dominado mi corazon como le domina la princesa: si me hubieran dicho que por esa mujer habia yo de olvidar mis proyectos, mi conveniencia, cuanto me interesa; que me habia de ver reducido á una vida casi miserable, sin dinero, sin amistades, aislado enteramente, sujeto como un niño, y corriendo trás ella por cerros y valles, no lo hubiera creido.
—No hay burlas con el amor, dijo Laurenti: esa mujer os arrastra, os lleva consigo, os atrae, os desespera: teneis zelos: zelos mortales: teneis sed, una sed inextinguible de hacerla vuestra, y junto con esto, la rabia de veros burlado, porque esa mujer se ha burlado de vos.
—Es verdad.
—Yo tambien voy detrás de esa mujer, pero con distintas intenciones: yo la conocí por una venganza, y por una venganza me apoderé de ella: se la robé á su padre: pero cuando se toma por medio de venganza una mujer tal como Angiolina, nuestra venganza nos hiere, porque nos hace esclavos: al poco tiempo de haberme apoderado de Angiolina, la amaba; la amaba, no sabré deciros cómo, porque yo nunca habia amado, pero me parecia que el ser de ella, se habia trasladado al mio; que respiraba con su aliento, que mi corazon latia en el suyo... ¡ah! fuí muy imprudente en tomar por instrumento de una horrible venganza á Angiolina: ella me recuerda mi venganza: me la recuerda todos los días, á todas horas, porque desde que me apoderé de ella, hasta hoy (y han pasado diez años), no he dejado de verla continuamente, á excepcion de dos meses, el año pasado, que vine á Granada: siempre que la veo, tan hermosa, y al parecer tan pura y tan casta, se levanta ante mis ojos, detrás de ella, otra mujer hermosa, que en mal hora dejó de ser casta y pura: otra mujer que me mira con sus dulces ojos grandes y melancólicos y que me acusa. Nunca que miro á Angiolina, dejo de ver el espectro de esa otra desdichada: nunca veo esa figura sangrienta, sin que mi corazon se hiele y se estremezca, por mas que mi semblante continúe impenetrable: ese fantasma que vive eterno detrás de Angiolina, es mi remordimiento, mi horrible remordimiento, mi infierno.