—A Granada voy.
—¿Cómo os llamais?
—Juan de Andrade.
—¿Sereis tan generoso que querais amparar á dos mujeres desgraciadas?
—¡Oh! para amparar á una mujer, no es necesario ser generoso.
—Pues bien: cuando esteis en Granada, procurad conocer al capitan Alvaro de Sedeño.
—¿Y para qué?...
—Somos víctimas de la brutalidad de ese hombre, mi madre y yo: mi honor peligra en su poder... prometedme que nos defendereis, caballero, que nos salvareis... hacedlo... y si lo quereis, seré vuestra esclava.
—Os prometo hacer por vos cuanto pueda, contestó conmovido Yaye.
—Y yo os creo, porque en la mirada de vuestros ojos se nota que sois un hombre de corazon y de virtud...