—¿Alvaro de Sedeño habeis dicho?

—Sí.

—¿Capitan de los tercios del rey?

—Sí, capitan de infanteria española, de los que fueron á Méjico.

—¿Sois mejicana?

—Soy hija del rey del desierto, del valiente Calpuc.

—¡Hija de una raza subyugada, esclavizada, infeliz! murmuró Yaye.

—Para salvarme de ese hombre, necesitareis no solo valor, sino oro. Tomad, y adios. No me olvideis.

Y la mejicana dejó caer en las manos de Yaye un magnífico ceñidor de perlas de inmenso valor, despues de lo cual cerró la ventana.

Yaye miró por un momento aquel largo y pesado ceñidor que ademas estaba enriquecido en su broche con gruesa pedreria, y le guardó despues en su limosnera.