—Si Isabel no se ha casado, dijo, seré feliz, y justo es que los que somos felices, no nos olvidemos de los desgraciados: si se ha casado, si no puede ser mia, ¡oh! entonces... necesitaré matar á alguien, y me vendrá bien castigar á un infame... ¡el capitan Alvaro de Sedeño...! ¡algun aventurero rapaz... sin corazon...! ¡dos esclavas...! ¡madre é hija...! ¡la esposa y la hija de un rey...! ¡infelices...! y luego... luego es necesario devolverla esta joya... debemos procurar no parecernos á los aventureros castellanos.

Acaso Yaye no se hubiera mostrado tan propicio para proteger á un hombre.

Por lo que vemos, Yaye estaba muy expuesto á engañarse acerca del verdadero móvil de su caridad para con las mujeres.

Lo cierto es que, á pesar de Isabel, los ojos de la princesa mejicana, tan extrañamente encontradas en un meson de las Alpujarras, le habian impresionado.

Lo cierto es que, á pesar de su indudable y ardiente amor por Isabel, no podia desechar el recuerdo de la encendida mirada de la extranjera.

Yaye era un ser digno de lástima.

Bajó en dos saltos la escalera, atravesó el corral, y entró en el zaguan.

—¡Harum! dijo, llamando.

—¿Qué me mandais, señor? dijo Harum, acercándose á Yaye sombrero en mano.

—Sígueme.