Maese Barbillo, se caló las antiparras, arrojó una mirada sobre el papel, y dijo:
—¡Doña Isabel de Córdoba y de Válor, viuda de Miguel Lopez!
Levantóse doña Isabel de donde estaba arrodillada, y se acercó tranquila, pero pálida, al inquisidor.
—¿Sois vos esa doña Isabel á quien ha llamado el sacristan? dijo Molina con voz áspera.
—Yo soy, contestó doña Isabel.
—¿Cuánto tiempo hace que os habeis bautizado?
—El tiempo que cuento de vida.
—¡Ah! ¿sois cristiana desde la cuna?
—Lo es mi familia desde la conquista de Granada.
—¡Lástima que tan noble familia se olvide de sus obligaciones para con Dios y para con el rey! Vos debeis ser parienta de don Fernando de Válor.