—Empecemos por tus hijos: si eres buena cristiana les habrás enseñado á rezar: di el padre nuestro muchacho.

—No lo sé, contestó el niño, estrechándose contra el zagalejo de su madre.

—¡Ah! ¡no sabes el padre nuestro! ¡no sabrás tampoco cuántas son las personas de la Santísima Trinidad!

—¡Le ille Allah! contestó el niño en árabe con voz sonora.

—¿Qué quiere decir este muchacho? exclamó el inquisidor.

—¡No hay otro Dios, que Dios el Altísimo y Unico y Mahoma su profeta! dijo una voz débil desde el centro de la multitud, pero que á pesar de su debilidad, resonó clara y distinta en el templo.

Molina de Medrano se puso de pié, y gritó:

—¿Quién es el blasfemo...?

—Has preguntado lo que ha querido decir mi hijo, contestó adelantando apoyado en un viejo, un hombre como de treinta años, demacrado, pálido, vacilante, y á todas luces gravemente enfermo: al verle Malicatulzarah corrió á él, seguida de sus hijos, y ayudó al anciano á llevar al jóven hasta el presbiterio.

Era toda una familia que se presentaba ante la Inquisicion: el abuelo decrépito, el hijo enfermo, la mujer hermosa y desesperada, y los hijos pequeñuelos asombrados y temblando por lo que veian.