—Tus alguaciles han ido á buscarme, dijo, pero yo estaba allí entre mis hermanos: yo esperaba que fueses un hombre de caridad, pero eres un lobo, y vengo á que me despedaces con los mios, antes que el miedo haga renegar á mi esposa del Dios de nuestros abuelos.
—Es decir que te confiesas moro.
—Moro soy y moros son los mios, y moros moriremos confesando al Dios Altísimo y Unico.
—¿Estan bautizados? dijo el inquisidor con una intencion de hiena dirigiéndose al beneficiado.
—Si señor, bautizados estan, pero siempre han sido flojos cristianos, contestó todo trémulo el beneficiado.
—Nunca hemos sido cristianos, ni lo son los que tienes delante: ninguno... ninguno ha dejado de ser moro: hemos doblado la frente de miedo, hemos mentido y Dios nos castiga: pero ha llegado la hora: ó nosotros ó vosotros.
—Morireis como mueren los herejes contumaces, gritó Molina de Medrano. Llevaos ese hombre, esa mujer y ese viejo, y encerradlos en la cárcel.
—¡Y mis hijos! exclamó con un grito indefinible Malicatulzarah, viendo que los alguaciles la arrebataban sus pequeñuelos.
—Quien no es cristiano no tiene hijos, gritó Molina de Medrano: estos niños son hijos del rey.
Malicatulzarah palideció, un destello terrible, un destello de sangre lució en sus ojos, y antes de que nadie pudiera evitarlo, se avalanzó al inquisidor, y le estrechó el cuello con entrambas manos.