—Eso mismo os pregunto yo señor: ¿dónde diablos nos han traido?

—¡Cómo traido! pues qué, ¿no hemos venido nosotros?

—Indudablemente: puesto que estamos aquí, hemos venido, pero no por nuestro pié: cuando haya pasado algun tiempo y recordeis como yo...

—¿Y qué has recordado?

—Por mi parte recuerdo que yendo por la calle de Elvira á punto de oscurecer un domingo, me he encontrado á un sargento amigo mio—¿A dónde vais, señor Peralvillo, me ha dicho?—Voy á entretener el ocio por esas calles, le he contestado.—Lo mismo ando yo, me ha dicho...

—¿Pero qué tiene que ver el sargento y tu conversacion con él, con lo que nos sucede? dijo impaciente el marqués.

—Y tanto como tiene: figuraos que el sargento me convidó á ir á la taberna, para dar tiempo á que volviesen del jubileo dos beatas amigas suyas.

—¡Ah! ¡te llevó á una taberna!

—Si señor, comimos, bebimos... yo noté que el vino tenia cierto sabor... y despues no noté nada.... porque me dormí.

—¡Como yo! dijo el marqués.