—Pues ved ahí que no entiendo para qué diablos hayan de habernos aletargado.

—Pero en fin, ¿hace mucho tiempo que has despertado tú?

—Hará una hora: halléme en un colchon á los piés de otra cama mas alta; primero nada recordé; despues fuí recordando; me levanté y os ví en la cama dormido: os moví para despertaros, pero ¡bah! estabais como un tronco: llamé... y como si hubiéramos estado en un desierto: examiné nuestro alojamiento, que solo tiene cuatro piezas, aunque muy ricas, eso sí, y hallé sobre una mesa una carta cerrada con sobrescrito para vos.

—¡Una carta! exclamó el marqués: ¡dame, dame!

Peralvillo salió y entró de nuevo en la alcoba con la carta.

El marqués rompió la nema, abrió la carta y Peralvillo, que observaba el semblante de su amo para ver el efecto que en él producia la carta, le vió palidecer, temblar, levantarse luego trasportado de alegria y exclamar:

—¡Es de ella, de ella!

—¿Pero quién es ella, señor, quién es ella? ¿acaso el duende negro de la calle de San Miguel que nos trae de cabeza?

—Ya sabes que no quiero que se me pregunte, Peralvillo, contestó el marqués.

—Es verdad, señor, pero la situacion en que nos encontramos...