El marqués no contestó: se habia acercado á una vidriera y estaba absorto en la lectura de la carta.

Peralvillo se calló, y se puso á pasear por la cámara con las manos atrás.

Hé aquí lo que el marqués leia:

«Don Juan de mi corazon: al fin mi padre se compadece de nosotros; al fin consiente en que sea tu esposa. Para que nos unamos, mi padre te ha robado de Granada, valiéndose del medio de aletargarte: yo te escribí para que fueras á la taberna donde has sido aletargado. Nada te importe donde estás. Nada te importe que pasen algunos dias antes de que me veas. Nada te faltará. Tu criado estará contigo para servirte. Un esclavo de mi padre te proveerá de cuanto quieras; pero nada preguntes á ese esclavo, porque nada te contestará. Quien tanto confía en tí que ya se llama tu esposa.—Esperanza de Cárdenas.»

Luego por bajo se leia:

«Nuestra hija sabe ya dar besos, y te se parece tanto, que aunque quisiera olvidarte no podria.»

El marqués leyó diez veces esta carta, la guardó y volvió á sacarla otras tantas, y al fin cuando ya Peralvillo se habia sentado cansado de dar paseos, el jóven se dirigió á él.

—Tengo apetito, le dijo, y almorzaria de buena gana.

—Y yo tambien, señor. Pero en esta casa no he visto la cocina.

—No importa, llama.