—Os ayudaré amigo mio, dijo Peralvillo que deseaba á todo trance hacerse un conocimiento.

—No hay necesidad, dijo el negro, entrando con la mesa en la cámara.

Peralvillo quiso aprovechar la entrada del negro para ver lo que se ocultaba tras la puerta de la antecámara, que habia quedado abierta, pero al encaminarse á ella, se cerró.

—Vamos, dijo Peralvillo volviéndose: cartas que no se sabe quien las ha traido; negros que sirven sin permitir que nadie les ayude; puertas que se cierran por sí mismas: decididamente estamos encantados.

Cuando entró en la cámara, el marqués, que siguiendo las instrucciones que le daba en la carta Amina, no habia dicho al esclavo una sola palabra, se sentaba á la mesa.

—Ponme vino, y trínchame esas perdices Peralvillo, dijo el marqués.

Peralvillo se quitó los puños, se levantó las bocamangas, y se puso á trinchar las perdices.

—Y estan asadas con aceite, y soberbiamente asadas, dijo: ¿sois vos el cocinero, amigo? añadió volviéndose al negro.

Este hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.

—Pues podiais servir en las cocinas de su magestad, á quien por noticias de un galopin á quien yo conocia, sé que gustan mucho las perdices asadas con aceite.