Una mirada del marqués hizo callar á Peralvillo, que puso delante de su amo la fuente de plata con las perdices trinchadas, y le sirvió vino en una enorme copa de oro.
Despues, y no atreviéndose á hablar por temor al marqués, se puso á contemplar el servicio.
—¡Cáspita! dijo para sí: del ramillete de su magestad no saldria una mesa mejor servida: todo esto es regio: ¿y de dónde diablos han sacado esas flores? decididamente estamos encantados y encantados por duendes reales.
—Otro plato, Peralvillo, dijo el marqués.
—¿Qué quereis? ¿carne, cecina ó pescado?
—Dame de ese salmon.
Sirvió Peralvillo.
Poco despues el marqués se levantó de la mesa.
—Yo os aconsejaría señor, que comieseis de estos mariscos, de estas ensaladas y de estas confituras.
—Come de lo que quieras como si estuviese empezado Peralvillo, dijo el marqués conociendo la intencion de su lacayo: come y déjame en paz.