—¿Pero dónde he de comer, señor?
—En esa mesa.
—Pero...
—No hay otra.
El negro adelantó y se acercó á Peralvillo.
—Fuera teneis vos mesa servida.
—¡Ah! exclamó Peralvillo estremeciéndose, porque esperaba encontrar fuera una olla podrida y un gigote, cuando ya se habia consentido á gozar del excelente almuerzo del marqués.
Salió, pero en la pequeña mesa que encontró en la antecámara, solo vió un cubierto de plata, una copa de vidrio y algunos platos.
—¡Pero y la comida! exclamó pálido Peralvillo.
—Tomad de aquí lo que querais, dijo el esclavo con cierto acento de superioridad.