Volvió la cabeza Peralvillo y encontró tras si al negro que habia traido consigo la mesa del marqués.
—¡Ah! esto es distinto, dijo: mi amo está desganado pero yo no lo estoy... estas perdices, despues esas ostras, luego aquella ensalada de truchas, despues unas confituras y dos botellas de vino: perfectamente. Hemos concluido, camarada.
—Cuando vuestro señor necesite algo llamad, dijo el negro.
—Se llamará, amigo.
—Y en cuanto á vos no seais curioso, porque os pudiera pesar.
—Y decidme, ¿durará mucho este encierro? dijo Peralvillo con la boca llena.
—No lo sé.
—Y mientras estemos aqui, ¿comeremos del mismo modo?
—Probablemente.
—¡Y cuáles son las horas de comer en esta casa?