—Si, lleva su castigo á los hijos y á los nietos de los que sentencia.
—Pues para que la Inquisicion quite el Sambenito á tu esposa, y la declare buena y limpia cristiana, ha sido necesario empezar por regalar una vajilla de oro y mas de diez alhajas riquísimas al inquisidor general, don Fernando Valdés, que estaba terriblemente irritado, y con razon, contra los monfíes. Como que hicieron con su venerable persona una herejia, y le causaron del susto una enfermedad que puso al pobre señor muy al cabo. Ademas, fue necesario deslumbrar á los inquisidores de la Suprema... todo esto invirtiendo un tesoro.
—¡Oh! ¡y cuántos sacrificios!
—De que tú eres la causa, sobrino, y por los que debes amar mucho á tu mujer.
—Pero tio, si yo la adoro.
—¡Milagro!
—Un milagro causado por la hermosura y por el alma de Esperanza. ¡Ah! os juro tio, que no merezco tanta felicidad. Y sin embargo, esa felicidad será amargada.
—¡Amargada! ¿y por qué?
—Yo quisiera que mi Esperanza fuera pobre, muy pobre, y de una muy humilde cuna.
—¡Bah! sobrino, tú estás loco: como parece mejor una bellísima rosa, ¿á la luz de la luna, ó á los rayos del sol? ¿en un tiesto miserable, ó en un magnífico jarron de oro?