—Y aun hay mas. Tu esposa, á mas de sus riquezas propias que son inmensas, trae su dote; un tesoro por parte de su padre, y otro por parte de su abuelo, en buenos doblones de oro, y alhajas.
Tornó á lanzar su mirada de blasfemia al cielo don Juan.
—¡Tú estás loco, sobrino! le dijo don Juan: cuando una mujer que tanto vale se casa contigo...
—Se casa tal vez por cubrir su honor... y yo necesito su alma, su alma entera.
—Bien, muy bien: pero eso pasará y quedará lo positivo: esto es, la inmensa cantidad contante y sonante del dote de tu mujer: las rentas de su título que ya son enormes, y que juntas con las del tuyo, llegan á ser maravillosas. Dentro de un año me lo dirás si es que vuelvo por España.
—¡Pues qué os vais!
—Sin duda debo parecer peligroso á los que te casan, cuando me apartan de tu lado.
—¡Pero cómo!
—Soy oidor de la real Audiencia del Perú, dijo con hueca gravedad don César.
—¿Y eso...?