—Ni mas ni menos que en el riñon de las Alpujarras, cerca de la villa de Yátor, en una heredad del señor don Alonso de Fuensalida.
—¡Ah! ¡el emir continúa disfrazado!
—Si, pero aunque el padre de tu mujer está encubierto, es necesario evitar que te presentes á él con ese trage de ronda. Ahí en mi maleta traigo un rico vestido de terciopelo, y un collar de Santiago: con que manos á la obra: voy á servirte de ayuda de cámara: ¿y qué mucho? casi casi, eres un especie de rey.
—¡Rey! murmuró el marqués mientras su tio le desnudaba, recordando la frase que en otra ocasion le dijo Yaye: «si habeis de casaros con mi hija, todo se reducirá á haceros rey.»
—¿En qué piensas sobrino? dijo don César? encajándole al mismo tiempo una camisa de Cambray.
—Pienso en que el padre de doña Esperanza ha cambiado mucho de intenciones.
—¡Porque te da su hija!
—Si.
—¡Bah! ama á su hija, y las mujeres son capaces... estírate mas las calzas, sobrino, y mira que grana... es de la mas rica: el jubon... sencillo... pero los herretes de diamantes valen un mundo: vamos, la daga, la espada y la gorra. El padre de tu mujer te espera, y como es un gran personaje, moro ó cristiano, lo que importa poco, no debe impacientársele: maldita arruga: suéltate el segundo herrete, sobrino: vamos, ya está bien: ¡ola!
Apareció el esclavo negro.