—Id, y decid á vuestro señor, le dijo don César, que dentro de un momento va á tener la honra de saludarle el señor marqués de la Guardia.

El esclavo salió, y tras él, don César y el marqués: atravesaron algunas habitaciones y se detuvieron en una antecámara, donde les indicó el esclavo que se detuviesen; poco despues, el esclavo que habia salido, volvió y dijo al marqués:

—Mi noble señor, espera al señor marqués de la Guardia.

—Hasta luego, sobrino, dijo don César, estrechando fuertemente la mano del marqués.

—¡Ah! no sé lo que me sucede tio, dijo don Juan, y entró por la puerta cuyo tapiz tenia levantado el esclavo.

Encontróse en una cámara magnífica. En ella con el mismo trage con que se habia presentado aquella mañana al beneficiado de Cádiar, se paseaba Yaye profundamente pensativo.

Al sentir los pasos del marqués, se detuvo, se volvió á él, y le miró con una grave benevolencia.

—¡Ah! sois vos, dijo: bien venido seais.

—¡Ah señor! dijo el marqués: disimulad mi turbacion porque...

—Sentaos, marqués, dijo Yaye con una perfecta y fácil cortesanía: sentaos, y hablemos un momento.