Sentáronse en un estrado, y Yaye asió las manos del jóven.

—¿Quereis ser mi hijo ahora, como lo queriais ser en otro tiempo?

—No puedo vivir sin ella, dijo con la voz apagada y trémula el marqués.

—Ni ella puede vivir sin vos. El Altísimo lo quiere, y no mereceria yo su ayuda sino cumpliese con placer su voluntad. Pero, prescindiendo de todas las dificultades que se oponian á este casamiento, y que ya estan vencidas, hay en medio de nosotros un terrible secreto.

Don Juan comprendió que Yaye se referia á la muerte de su padre, y bajó los ojos.

—A pesar de ese terrible secreto, señor, comprendo que debísteis tener poderosas razones para obrar de la funesta manera que obrásteis y... no hablemos mas de ello... yo no puedo aborreceros; no puedo... no... sois padre de Esperanza... ¡que me perdone Dios...!

—Tuve razon: pero decís bien... olvidemos... vos por Esperanza... yo... ¡cómo no he de amaros yo si sois la vida de mi hija!

Yaye se enjugó una lágrima.

—Pero hablemos de otros asuntos. Ha llegado para mi un momento supremo: el momento de la guerra contra España.

—Pero ¿por qué no os reducis á la obediencia del rey?...