—Silencio, le siento acercarse... cuando hayamos cenado, yo me despediré, é iré á esperarte á la salida de la villa por la Caba-honda.

—Iré.

Aben-Aboo entró en aquel momento y á la primer mirada comprendió que habia pasado algo grave entre sus dos tios.

Sin embargo comprendió tambien que debia disimular.

—¿Conqué mi prima, dijo, se va á Venecia? ¡Y yo que contaba al menos con verla!

—¿Y qué habiamos de hacer aquí con ella una vez empeñada la guerra? No, no: era prudente ponerla fuera del incendio. Si Dios nos ayuda y triunfamos tiempo tendremos de verla.

El Cojo entró entonces con una verdadera cena de meson, pero era tal el apetito de los comensales, estaban todos tan contentos, cada cual por su causa, que devoraban un pésimo gigote y algunas aves, acompañadas de una liebre que por casualidad tenia cabeza.

Durante la cena y como estaban servidos por el Cojo y por su hija, alegre mocetona de veinte y cuatro años, la cena pasó con una conversacion indiferente.