—¡Oh! dijo sentándose. Estoy contento. Al fin he tomado una resolucion decisiva, he fijado la suerte de mi hija y me quedo libre para hacer con vosotros la guerra al cristiano.
—¡Qué habeis fijado la suerte de vuestra hija! primo, dijo Aben-Jahuar con las muestras del mas solícito interés.
—Sí, esta tarde se la he entregado á su marido. Era para mí un obstáculo inseparable; la acompaña su abuelo, y va bien escoltada. Es verdad que puede haberles cortado el camino la tormenta impidiéndoles pasar la rambla de los Ciegos, pero esto no es mas que algunas horas de detencion; remontaran la montaña y llegaran mañana á Motril, donde en una galeota mia se trasladaran á Venecia. Y estoy alegre, vive Dios, muy alegre. Era necesario decidirse, decidirse de todo punto. Pero tengo apetito. Manda, hijo mio que nos den de cenar.
Se levantó Aben-Aboo y salió.
—Tengo que hablarte primo, de un asunto, ó por mejor decir de dos asuntos importantísimos para los dos. No he querido decírtelo delante de nuestro sobrino.
—¿Tan de repente has pensado ese asunto?
—Si; cuando al fin he visto asegurada la suerte de Amina, me he encontrado otro hombre. Pienso abdicar...
—Aben-Aboo es muy brabo y los monfíes le aman...
—¡Cómo!