Noche de Agosto. Buenos Aires ardía en millones de luces, deliraba en fiestas jubilosas, se exaltaba en la fiebre de su adolescente energía. En Mayo comenzaron las fiestas. Vinieron millares de gentes desde todos los rincones del país, desde las repúblicas vecinas. Y aun desde Europa vinieron.

Durante los grandes días, el gentío, en procesión monstruosa y lenta, cubrió el asfalto de las calles centrales. El pasar de las gentes era infinito; las calles y las casas parecían moverse. Al atardecer, cuando la multitud se espesaba, las calles producían la sensación de algo que se iba hinchando. Por las noches, cuarenta teatros e innumerables cines y conciertos apretaban, en sus salas, desbordantes trozos de muchedumbre.

En los cabarets se codeaban el ruidoso libertinaje y la curiosidad. El cabaret porteño—sólo el nombre de común, con el de París—, es un baile público: una sala, mesas donde beber y una orquesta. Jóvenes de las altas clases, sus queridas, curiosos y algunas muchachas "de la vida" que acuden solas, son los clientes del cabaret. El tango, danza allí casi exclusiva, y la orquesta típica—compadritos y mulatillos en su mayoría—, instalan entre el champaña y los smokings el alma del arrabal. Los músicos cantan ciertos tangos, gritan, golpean sobre las maderas de los instrumentos, gesticulan. Las siluetas de los danzantes se tuercen, se enredan, se paralizan. Y el bandoneón, con sus notas bajas y oscuras, subraya los tangos de largas sombras dolorosas.

Pero no todo en el cabaret es danza. Algunas noches el escándalo corta de golpe el baile, de un cabo al otro de la sala, como un vibrante y enorme tajo. Una terca mirada a la mujer de otro, un violento choque de parejas o una sospecha de burlas, hacen hinchar las bocas de amenazas y zigzaguear los revólveres. La "patota", protagonista usual de estas escenas, es un grupo de jóvenes malcriados. Su placer más fuerte consiste en molestar, insultar, agredir con los puños o con armas, trastornar en gresca tabernaria las reuniones pacíficas. Indignarse contra los patoteros o querer repulsar sus agresiones, es ofrecerse al brazo habituado o a la bala certera, que surgirán a traición, canallescamente.

Aquella noche de Agosto, en uno de estos cabarets, atestado de gente, se bailaba con frenesí. Dijérase que una gigantesca mano invisible, desde lo alto de la sala, revolvía las parejas insaciablemente. Todas las mesas, ocupadas. Las botellas de champaña sacaban sus cuellos aristocráticos de la prisión glacial que las ahogaba. Bajo las luces, los colores de las toalés femeninas se exacerbaban; y las carnes, que los pródigos escotes mostraban, aparecían relucientes, vibrantes y doradas. Tangos y más tangos. Dibujábanse, con rapidez cinematográfica y en mezcolanza fortuita, actitudes elegantes e involuntarias caricaturas. Los músicos, agitándose, gritaban "¿Qué me batís?", y otras frases de malevos. Una pareja de tanguistas emergió del conjunto entre aplausos. Súbitamente, el bloque movible se abrió redondamente en su centro, y allí, rodeada por el brocal de los rostros, por las palabras admirativas y pintorescas y por los aplausos, la pareja se contorsionó y se rehizo hasta el infinito, en matices minuciosos, bajo la turbia ansia sensual de un tango ardiente, que el bandoneón aplacaba con el dolor de sus sombras.

Cuando esto cesó, muchos ojos se amontonaron sobre un hombre extraño, solitario en una mesita. Era extraño a fuerza de tristeza y preocupación. Era extraño, por su absoluta indiferencia hacia todo lo que le rodeaba. Vestía de negro, con elegancia y severidad. Su rostro era magnéticamente atrayente. Se sentía que ese hombre tenía un alma. Y que esa alma sufría. Por sus facciones se diluía una expresión atormentada.

Fuera de su propia preocupación, sólo le acompañaba, en aquella su soledad, el mirar disimulado de una lindísima muchacha que, con varias personas, ocupaba una mesa próxima. Aquel hombre no estaba en el cabaret. Sus ojos, cuando no eran para la vecina, ascendían a lejanos mundos. Iban sin duda a buscar cosas muy distantes, para llenar con algo la soledad de su alma o para dárselas a aquella mujercita en la punta de una mirada.

Los individuos en cuya compañía estaba ella, formaban una patota. Eran cinco y tenían en su mesa tres mujeres. No pertenecían aquellos sujetos a la sociedad aristocrática, pero eran lo que se llama en Buenos Aires "gente bien". Sus apellidos tenían representantes en la política y en los negocios y salían con frecuencia en las crónicas sociales de los diarios. Personalmente, no eran ellos distinguidos. Hablaban a gritos, reían a carcajadas, usaban términos compadrones, bailaban exagerando los hombros, ostentaban su champaña y llevaban, en pleno invierno, trajes claros y corbatas llamativas. Unos "guarangos" típicos, pues.

La muchacha que había impresionado al hombre solitario estaba triste. Una dulce melancolía circulaba por su rostro alargado, por sus ojos ardientes y oscuros, por su boca, quizás un poco grande. Y todo en ella completaba el melancólico atractivo de su persona: el enorme sombrero, que le daba un aire ingenuo; la elegancia, un poco al desgaire, de su vestir; la actitud de abandono y nonchalance de sus largos brazos, flacos pero bien modelados, y cubiertos hasta más allá del codo por guantes blancos; su escote, que hacía resaltar el dorado desvanecido de la piel; sus cabellos de un color rubio amortiguado, que le caían en guedejas formando un lindo marco a la tristeza de su rostro. El hombre advirtió que ella se esforzaba inútilmente en alegrarse y reir con sus compañeros. La tristeza se había entercado en su persona, y a su voluntad le faltaba fuerzas para alejarla. Hubo un momento en que la tristeza aumentó hasta desbordar. Entonces sus compañeros lo notaron. Uno de ellos, en quien ya el vino operaba, gritó:

—¿Pero qué te pasa, ché? ¡Avisá si te está por dar el cólera!