Era un individuo desgarbado y feo, chato, movedizo, chillón, gesticulante. Llamábanle el Pato. Sus amigos festejaron la gracia con risotadas. La muchacha intentó una sonrisa. Y por la ventana de esa sonrisa, el hombre solitario vió el pozo interior del sufrimiento de aquella criatura. Y su rostro se contrajo ligeramente.
—Metéle champán, no más, que es bueno pal dolor de barriga—continuó el Pato, alentado por el éxito.
—No hagás caso, Nacha—dijo una de las mujeres, fríamente, como por obligación.
Nuevas risas en el grupo y aun en las mesas próximas. La muchacha, avergonzada, miraba con desconfianza y miedo hacia todas partes. Cuando sus ojos se encontraron con los del hombre solitario, aumentó su vergüenza.
La orquesta concluyó un tango. En la quietud que siguió, los patoteros se burlaron de Nacha. Uno, que parecía el amante, incitaba a los demás. Las mujeres se afiliaban hipócritamente a aquella bajeza. Casi todo el cabaret llegó a tomar parte en la burla. En cierto momento, Nacha, que ya no podía soportar aquello, se llevó las manos a la cara. Entonces el Pato gimió grotescamente:
—¡Ay, ay, ay!—, mientras algunos espectadores dislocaban sus hocicos en un escándalo de carcajadas exageradas, o coreaban al llorón:—¡Ay, ay, ay!
—¡Me estás poniendo en ridículo!—exclamó el amante, dirigiéndose a Nacha y agregando una palabrota.
Y otra vez, en la orquesta, un tanto. Las notas lánguidas, los ritmos cojeantes, el espeso abejeo del bandoneón, desalojaron a los gemidos y a las risas. Ya las parejas se hamacaban, o se deslizaban con los cuerpos rígidos y los rostros graves. El dueño de Nacha se levantó para bailar con ella. La infeliz resistía, y él, tomándola de los brazos con violencia, la plantó en medio de la sala.
—¡Dejáme! No puedo bailar...