—¡Vas a bailar, te digo! ¡...ciendo papelones!
—Mirá que no puedo, por favor...
Pero el sujeto ya la había tomado de la cintura y entraba con ella en la rítmica agitación. El hombre solitario se había estremecido al ver aquella brutalidad. Dentro de él una lucha se agrandaba. Muchos pares de ojos, convergiendo en este hombre, pregustaban inquietamente un drama.
Nacha, sin ánimos para bailar, no tardó en desasirse y en volver a la mesa, que estaba sola, pues sus compañeros danzaban. El sujeto, sonriendo de rabia, se sentó a su lado, la injurió y la amenazó. Hablaba adelantando la mandíbula inferior, apretando los dientes y haciendo con los labios contorsiones de enojo y de desprecio.
—¡Me la vas a pagar esta noche!—se le oyó mascullar una vez, mientras la sacudía de un brazo.
El hombre solitario examinaba a aquel sujeto alto y corpulento, cariancho, afeitado, con una cicatriz en la barba, de grandes espaldas, de piel oscura, de ojos chicos, duros y algo indígenas y de modales autoritarios y antipáticos. Gran perla en su corbata-plastrón, polainas blancas sobre los botines de charol y enormes anillos en los dedos. Individuo de ésos que abundan entre la gente porteña. Rastacueros, exhiben sus pesos y sus mujeres. Viven maritalmente con alguna muchacha bonita, pues si no lo hicieran así, si no tuvieran "hembra", se sentirían sin prestigio. Pasan las noches en los teatros y cabarets con otros amigos y sus queridas. Beben champaña, hacen ruido, molestan, hablan a gritos, "titean" a algún "candidato" ocasional. Son rumbosos, agresivos, audaces. ¡Cuidado del que mire a sus mujeres! ¡Cuidado del que detenga en ellos los ojos! El revólver les abulta el muslo derecho y es habitual apéndice de su mano. A las mujeres las tratan como a bestias de placer, sin delicadeza, ni ternura, ni simpatía humana. Y sin embargo, las mujeres se ligan fuertemente a ellos, tal vez porque los consideran muy machos, porque saben lucirlas y porque la violencia del instinto es tan grande en ellos que les hace inagotables en el amor. Algunos de estos hombres tienen título de abogado, o llevan un apellido notorio. Son todos carreristas y jugadores. Viajaron por Europa, injuriando, con su arrogancia y su rastacuerismo, a las gentes civilizadas. En París iban siempre acompañados de prostitutas, y escandalizaban en las tabernas y cabarets para mostrar su gracia y su coraje criollo. Tipos repugnantes, mezcla de bárbaros y civilizados, de compadritos y personas decentes, constituyen la descendencia urbana del gaucho Juan Moreira. ¡Seres sin escrúpulos, sin moral, sin disciplina, sin más ley que su capricho y su placer!
Mientras tanto, Nacha, con las manos en el rostro, lloraba. El patotero se enfurecía, levantaba la voz, y la amenazaba cada vez con mayor enojo. La llamaba histérica, farsante, ridícula; y decía que todo lo aguantaba, menos los lloriqueos y los papelones. En el hombre solitario se iba desdibujando la inmovilidad de su silueta. Sin duda ya no podía soportar tanta maldad.
La fina espada del violín degolló el tango que agonizaba. Los patoteros y sus mujeres retornaron a la mesa. El llorón, ante las lágrimas de la víctima, volvió a sus ayes gemebundos. De pie, con los puños sobre los ojos y en la actitud de un pelele estúpido, berreaba grotescamente. La bulla explotaba en todos los lugares del cabaret. Cada átomo del cabaret reía. La víctima terminó por habituarse al espectáculo, y las lágrimas, en vez de subir a los ojos, fueron cayendo muy adentro. Y hasta fingió indiferencia, levantando los hombros y haciendo con los labios un desdeñoso gesto. Pero aquél que la miraba leyó en sus ojos, todavía enrojecidos, la confesión de un hondo sufrimiento.
Cuando el nuevo tango aplastó bajo sus pies innumerables la farsa innoble, otro de los patoteros, un muchachón flaco y alto, de cintura entallada femeninamente, quiso bailar con Nacha.
—Ya he dicho que no quiero...