—¿Qué?—exclamó el amante, abalanzándose sobre elle y agarrándola de los brazos, resuelto a levantarla.
—Por favor, no puedo, no puedo...
—¡Qué no puedo, ni no puedo!
La lucha duró un segundo. El hombre triunfó. Arrancándola de la silla, la sacó del sitio y la empujó hacia el centro de la sala, para que su amigo la tomara y bailara. Pero el perverso lo hizo con tal fuerza, que la arrojó al suelo.
En el mismo instante ocurrió algo inaudito. El hombre solitario, que al comenzar la lucha se había puesto de pie, avanzaba ahora. Avanzaba serenamente hacia el brutal sujeto. Estupor. Sensación. Por entre la masa de los espectadores culebreó un temblor de inquietud. Un anillo de siluetas ansiosas encerró a los protagonistas. Cortóse el tango. Sobró un gemido del bandoneón, que entristeció de negruras el ambiente.
—¿Qué hay?—escupió el patotero al rostro del intruso, mientras en sus ojos con algo de indio, y ahora más achicados y endurecidos que nunca, surgía una chispa de odio bárbaro, de maldad primitiva y ancestral.
Asombraba la impavidez del intruso. Frente al victimario de Nacha, permanecía sereno, casi indiferente. Apenas si un lacónico tic de los labios y un temblor en las manos denunciaba su indignación. Mirando fijamente a su interlocutor, dijo con firmeza y lentitud:
—Exijo que no maltrate a esa mujer.
Nadie supo si esto era inconsciencia o coraje. De regular estatura y más bien delgado, parecía que debiese ser devorado por aquel hombrón semibárbaro que era el patotero, y por sus cuatro compinches que, en ley de patota, le acometerían a golpes o a balazos. La estupefacción de los cinco hombres, sorprendidos de que uno solo se atreviese con ellos, había paralizado sus movimientos.
—¿Qué dice?—preguntó el patotero, como si no hubiese oído bien.