—Que le exijo...

Un súbito y unánime ataque de los cuatro patoteros guillotinó su frase. Simultáneamente removióse la concurrencia. Rodó alguna silla. Unos contra otros, aplastáronse muchos cuerpos sobre la estrecha puerta de salida.

—¡Apártense! ¡Nadie toque a ese hombre!—rugió despóticamente el dueño de Nacha.

Garras ansiosas y puños vibrantes quedaron en el aire. Luego el mandón, como sus amigos permanecieran junto al intruso con su asombro y sus deseos agresivos, los impelió uno a uno, hacia la mesa. Después se encaró con los espectadores. Sin duda tuvo intenciones provocativas, pero viendo allí una multitud, se limitó a decir:

—¡... pasao nada, señores! ¡A bailar!

Y dirigiéndose a la orquesta, gritó:

—¡Siga la música! ¡Tango!

La orquesta, que se había deshecho ante el escándalo, se rehizo instantáneamente. Recogida en sí misma unos segundos, empujó con presteza un tango al medio de la sala. Y la gente, parte por temor al mandón y a su patota, y parte queriendo olvidar un incidente que era lógico terminara a balazos, bailó en seguida. Pasado el peligro, a todos convenía suprimirlo para que no volviese.

Mientras tanto, los dos hombres, de pie, hablaban.