—No me conoce usted—dijo el sujeto, sobando sus anillos, como para entretener las manos rencorosas que, estremecidas, ansiaban dar el salto.—Pero yo lo conozco. Usted es el doctor Fernando Monsalvat. Y bueno, señor Monsalvat; voy a darle un consejo, ¿sabe? No se meta con nosotros, y váyase. Inmediatamente, sin chistar. Usted es más viejo que yo, tendrá más o menos cuarenta años; yo tengo treinta y soy más fuerte y estoy acostumbrado a estas cosas. Además, ahí están mis compañeros, saliéndose de la vaina, como quien dice. Váyase a su casa y no se exponga. Y si le doy este buen consejo, es porque tengo razones para dárselo.
Los patoteros se preguntaban con los ojos quién sería aquel hombre. Se preguntaban qué razones tendría su amigo para impedir que le rompiesen el alma. La muchacha, sentada, no quitaba los ojos de su defensor. La orquesta tocaba un tango sollozante, cortado de silencios, lúgubre a veces por el grueso esfumino del bandoneón. Innúmeras parejas bailaban, abrochadas las mujeres a los hombres. Monsalvat había oído con indiferencia a su interlocutor. Y replicó, sereno:
—Nada sé de su consejo. Lo que quiero es que no maltrate a esa infeliz.
—¿Qué...? ¿Infeliz?
Retrocedió fulminantemente, como en impulso de ataque. Sus ojos picotearon con rapidez a su alrededor. Una mano buscó el revólver. Pero la tranquilidad de Monsalvat le detuvo. Perplejo, azorado, creyóse un poco en ridículo. Aquel hombre ni le provocaba, ni le temía. Vió que la gente, aun sus amigos, no advirtieron su actitud, y decidió suavizarse. Se calmó otra vez. Pasaron dos o tres minutos. Monsalvat seguía allí, fuerte en su silencio y en su serenidad. De su alma surgían efluvios misteriosos que comenzaban a penetrar en el espíritu de su enemigo. Iba éste desconcertándose. Abandonó su aire bravucón y dijo, riendo falsamente, en tono despreciativo:
—No lo toco porque le tengo miedo, ¿sabe? Usted parece muy tigre. Y me da lástima por mis compañeros. No quisiera que se los comiese vivos...
Calló, comprendiendo la miseria de sus palabras y su inoportunidad. Fastidióse contra sí mismo. Luego se acercó más a su interlocutor, y colocándole una mano sobre el hombro, le dijo:
—Mire, señor Monsalvat... Agradezca que... Bueno, no se lo digo... Agradezca que soy quien soy. Pero para que vea su equivocación al juzgarme, va a hablar con ella ahora mismo. Puede preguntarle lo que quiera.
Se apartó y trajo a la muchacha. La presentó. Ella, aterrada, pálida, sonreía absurdamente. Sin duda imaginaba algo malo, perentorio, fatal. Sus ojos, temblorosos, se anidaron por un instante en la mirada vasta y profunda de Monsalvat. Pero la voz del dueño los arrancó de aquel refugio.
—Este señor,—profirió el patotero—me cree un asesino. Más o menos. Bueno... Decíle si estás contenta o no con tu suerte. Decíle la verdad. ¿De qué tenés miedo?