Monsalvat miraba a Nacha con encanto y tristeza. Pero apenas la veía. Sus ojos, empapados de una piedad dolorosa, habían rehecho la verdadera imagen de aquella muchacha de la vida. Ella no se atrevía a mirarle y levantaba la vista hacia su hombre. A Monsalvat parecía no interesarle aquel interrogatorio, cuyo resultado adivinaba.
—Respondé: ¿no estás contenta?
—Sí, sí estoy contenta—dijo ella, con voz apenas perceptible.
—¿Y por qué? Porque vivís tranquila, tenés casa... ¿No es así?
Nacha comprendió que era necesario hablar, declararse satisfecha. De otro modo, el enojo del patotero contra el intruso rebotaría hacia ella. Y se soltó a hablar, a borbollones, casi incoherente.
—Sí, estoy contenta. ¿Cómo no estarlo? Tengo una casa, vivo feliz... Ya no ando de aquí para allá, rodando, como antes. En mi casa hay lujo, gasto la plata que quiero. Tengo dos sirvientas. ¿Qué más puedo decir? Ahora sé lo que es la tranquilidad, después de tanto sufrir... Después de...
Y continuó, ya lanzada. Hablaba como en el vacío, sin dirigirse a nadie. Hablaba para ella misma, para distraerse con sus propias palabras. No para Monsalvat. Ella deseaba que Monsalvat no la oyese. Parecía una sonámbula. ¡Era un hablar, un hablar...! Monsalvat no la escuchaba. La miraba, y nada más. Bastábale sentir a su lado toda su dulzura. Bastábale la suavidad, el temblor de sus palabras y la melancolía de sus ojos. El tango les daba a las palabras y a los ojos una ardiente tristeza. El bandoneón los ennegrecía con el humo de su desoladora amargura. Y hasta el dueño de Nacha parecía sensible a la influencia letárgica y adormecedora de aquella música.
—Bueno, basta—interrumpió el patotero.—¿Ha visto? ¿Se ha convencido? ¿No le dije que estaba haciendo un papelón?
Luego, echándose hacia atrás, soltó una carcajada llena de altanería. Había cesado el tango y su influjo sobre las almas y las cosas. Había recobrado el sujeto su personalidad. Dirigiéndose a su querida, la empujó hacia sus compañeros. Sentados a la mesa, ellos esperaban la conclusión de la escena.