—Y ahora, váyase de aquí en seguida. Pero antes, quiero decirle quién soy. Le interesa, amigo. No se vaya. Podemos otra vez encontrarnos y... Míreme bien...

El individuo se puso serio. Su mano derecha apartó el smoking y buscó la cintura. Luego dijo, en voz baja y grave:

—Soy Dalmacio Arnedo, el Pampa Arnedo, como me dicen.

Monsalvat se estremeció. Sus facciones se convulsionaron. Instintivamente alzó una mano, pero en seguida la dejó caer. Los patoteros se arrojaron sobre él. Al mismo tiempo, alguien gritó:

—¡La policía!

El cabaret hirvió en agitados remolinos. Luego, fué una calma inquieta, una paz que se improvisó para los ojos turbios de la autoridad.

Desde un principio, se había formado entre los espectadores un partido en favor de Monsalvat. Su actitud frente a la patota le dió enormes simpatías. Algunos comprendieron la fuerza de este hombre. La situación de la muchacha infundió lástima, si bien nadie se sentía con ánimos para salir en su defensa. Dos o tres personas, entre las más apiadadas o prudentes, habían llamado a la policía, para que se instalara allí, en previsión de un escándalo.

Los patoteros, al grito de alarma, volvieron súbitamente a sus lugares. Monsalvat, mirando al individuo, masculló un "¡canalla!". Arnedo, desde su mesa, le contemplaba con sonrisa maligna, mientras sus amigos, sentados, hacían ruidos con la boca y se retorcían y brincaban, simulando una desaforada alegría. Nacha miraba a su defensor con lástima. ¿Quién era ese hombre? ¿Qué quería de ella? La policía comprobó, en rápida ojeada, que el orden "no había sido alterado". Y se fué en seguida, solemne de prudencia, satisfecha de aquel inseguro remiendo de paz que su presencia había hilvanado en el cabaret. Monsalvat volvió a su mesa y pagó el gasto. El Pato comenzó a cantar, con la música de una zarzuelita en boga:

—¡Ya se va, ya se va, ya se va!

Los demás patoteros, y aun algunos neutrales, corearon. Monsalvat, al levantarse, vió que la muchacha también cantaba y reía. Se detuvo un instante como para arrojarle una mirada de reproche. Dos lágrimas asomaron a sus ojos. Y silenciosamente, sin apresurarse, salió del cabaret, mientras el llorón volvía a su primer estribillo: