—¡Ay, ay, ay! ¡Ay, ay, ay!
II
Fernando Monsalvat encontrábase en una encrucijada de su vida. Hasta entonces—y tenía cerca de cuarenta años—, nunca vaciló en su camino. Pero ahora parecía que todo hubiese cambiado en él y que una transformación fundamental estaba operándose en su alma. Había vivido toda su vida sin juzgar el mundo de que formaba parte. Había sido un hombre más o menos feliz. Pero desde hacía algunos meses miraba todas las cosas con espíritu crítico y se consideraba desgraciado.
Era hijo natural. Su padre perteneció a una familia aristocrática y poseyó muchos millones. Había muerto repentinamente, sin testar, cinco años atrás. Su madre, hija de unos franceses que tenían un pequeño comercio, había sido seducida a los diez y ocho años. Su padre, como el chico era inteligente y distinguido, y su descendencia legítima formábanla sólo mujeres, le dió una buena educación. A fin de que no viviese con la madre, mujer inconsciente e ignorante, llena de ideas absurdas, internó a su hijo en un colegio. Sólo en las vacaciones veía el niño a la madre. Fernando recordaba las visitas de su padre a la casa, las discusiones con su madre, los consejos que a él le daba. Una vez le llevó a una de sus estancias cerca de Buenos Aires, una propiedad inmensa como un estado, con bosques maravillosos, con una casa que era un magnífico palacio, y con galpones repletos de toros gigantescos y lanudas ovejas. Pero más que todo, recordaba cómo su padre le llevaba casi a escondidas, y cómo no había contestado claramente cuando un amigo, en el tren, preguntó quién era el muchachito. Más tarde, en el colegio, aprendió su situación por algunos chicos que conocían a la familia legítima de su padre. Desde entonces comenzaron sus primeras timideces y vergüenzas a causa de su condición, y esto influyó en su vida poderosamente.
Cuando salió del colegio entró a estudiar Derecho. Fué un alumno excelente, y desde antes de recibirse ingresó en un famoso estudio de abogado. Socio más tarde del abogado, ganó dinero y algún prestigio. Pero por una cuestión de conciencia abandonó el estudio y se fué a Europa, donde permaneció dos años. Al regreso, teniendo treinta y dos y no deseando continuar en la profesión, obtuvo un consulado para una ciudad de Italia. Hacía seis meses que había vuelto, después de siete años de ausencia, ahora para quedarse en el país.
La madre de Fernando vivía aún. Enferma y envejecida, parecía achacosa, pero no pasaba de los sesenta años. Su hijo la veía poco. Ocupaba ella, en la compañía de una sirvienta mulata, casi una negra, un departamento bastante pobre, en una casa de varios pisos, frente al parque Lezama. Fernando tenía también una hermana.
Fernando Monsalvat había vivido como cualquier hombre decente de su condición social. Trabajó en el estudio de abogado con gran tenacidad, y como cónsul se desempeñó notablemente. Desde niño tuvo afición a los libros. Se había dedicado a la sociología; de cuando en cuando publicaba algún artículo. Sus opiniones eran tenidas en cuenta y se las comentaba en ciertos círculos intelectuales. Hombre mundano, a pesar de su timidez y su desconfianza, frecuentó los clubs en Buenos Aires, los grandes teatros, las carreras. A bailes asistió poco, pues, sin duda por ser hijo natural, no le invitaban en todas partes. Cuando estudiante vivió de una buena pensión que le pasaba su padre. Ahora, a la vuelta de Europa, se encontraba sin más recursos que los provenientes de una propiedad que su padre le regalara al recibirse de abogado y que le rentaba trescientos pesos mensuales.
Hasta qué punto la condición de bastardo había influido en su temperamento y en su orientación en la vida, era algo increíble. Cierto que, siendo estudiante en la Facultad, algunos muchachos distinguidos no quisieron ser sus amigos, y que más tarde, en sociedad, fué desdeñado en varias ocasiones. Pero él exageraba hasta el absurdo la realidad de estos desprecios. Si alguien no le saludaba en la calle, al pasar, atribuía el hecho al propósito de ofenderle. Si en un baile una muchacha solicitada por él rehusábase a darle el brazo, alegando tener excesivos compromisos, Monsalvat pensaba: "No quiere mostrarse conmigo porque sabe mi origen". Cuando en los exámenes le clasificaban con una nota inferior a la que creía merecer, no dudaba de que la culpa la tenía su condición de bastardo. Y así en todo. Jamás pasó un día que no tuviese una preocupación de esta índole. No se irritaba contra los demás; al contrario, le parecía natural que, dadas las ideas dominantes, se le tuviese en menos. Pero se sentía humillado, disminuido.
Todas estas cosas le obligaron a aislarse y contribuyeron a afirmar su vocación por el estudio. No tuvo nunca verdaderas amistades. Se consideró solo en la vida; solo espiritualmente, pues relaciones le sobraban. Era un hombre correcto, y, no obstante su frialdad aparente, amable y simpático, aunque con frecuencia se manifestase un poco huraño.