Lo único que varias veces le hizo creerse menos solo, fueron sus aventuras con mujeres. Era en cuanto a mujeres un hombre raro. Al revés de todos los jóvenes de su tiempo, apenas conocía a las muchachas "de la vida". No había entrado sino ocasionalmente en una casa pública. Pero había tenido varias amantes: entre ellas alguna dama de la sociedad distinguida. Tenía el don de agradar a las mujeres: una voz acariciadora, unos ojos profundos. Sabía despertar la compasión; y como nadie ignora, es el deseo de compadecer lo que más pierde a las mujeres. Pero Monsalvat no siempre las buscó: algunas le buscaron a él. En dos o tres casos creyó haberse enamorado; ¡ilusión, y nada más! Tampoco ellas le quisieron apasionadamente: todo era instinto, sensación; modesto amorío, cuando mucho.
En todas las demás cosas de la vida pudo considerársele un modelo y una excepción. Muy caballeresco, muy sencillo, sin antipatías para nadie, bondadoso y servicial, lleno de delicadezas. Jamás debió un centavo, ni aduló a quienes podían darle algo, ni tuvo deslealtades para con sus amigos ni devolvió mal por mal, ni se condujo en caso alguno en forma que no fuese clara y sincera.
Fué, pues, Fernando Monsalvat un hombre útil y honesto. Sin embargo, desde hacía algunos meses consideraba que había vivido mal. Creía haber llevado una existencia egoísta, mediocre, estéril para el bien. Se avergonzaba sobre todo de sus artículos sobre cuestiones morales y sociales, pensados con espíritu de casta, con el criterio individualista, insincero y convencional, que dominaba en la Facultad y obtenía los aplausos de los políticos hábiles y cultos. Se despreciaba por haber seguido la corriente, por haber vivido y pensado como los hombres de su mundo. ¿Qué gran obra de bien había realizado? Vivió para sí, trabajó para ganar dinero, escribió para obtener prestigio y alabanzas. Vivía ahora atormentado secretamente, disgustado de sí mismo, de la sociedad y hasta de la vida.
¿Cómo le había sobrevenido semejante crisis de conciencia? En los espíritus nobles y generosos tales situaciones son naturales: hay momentos en la vida en que hacen examen de su conducta, y entonces abominan del pasado. Pero ¿cuántos cambian de rumbo? Generalmente todo queda en el fondo del alma; y descontentos, pesimistas, tristes, continúan por el mismo camino, viviendo aquella misma vida que odian. Monsalvat sentíase acometido por la necesidad de un ideal y de una obra que rescatase sus treinta y nueve años inútiles. ¿Iba a seguir como antes, su existencia de egoísmo y de complicidad con el mundo?
Pero Monsalvat había llegado a su tragedia interior no naturalmente sino por motivos poderosos.
Dos pequeños hechos de igual índole, ocurridos en París, ennegrecieron el ánimo de Monsalvat. Convencido de que no debía permanecer en su soledad, quiso casarse, para lo cual intentó pretender a una aristocrática muchacha con la que hiciera gran amistad en Roma. Pero apenas la familia y aún la propia interesada vieron las intenciones de Monsalvat, se esfumó toda la simpatía; alguien llegó a insinuarle, tal vez por encargo de la muchacha o de sus padres, que él no podía pretenderla. Luego, en el hotel donde se alojaba, conoció a otra compatriota. Amistad, primero; un poco de flirt, después. Se interesó Monsalvat y hasta creyó haberse enamorado. Definió sus pretensiones, y fué tratado como un insolente, como si con su actitud intentara humillar a la preclara casta. Monsalvat, ante situaciones de esta especie, no sufría por sí mismo, no se avergonzaba de ser lo que era: sufría por la injusticia de los demás.
Monsalvat sentía un profundo disgusto de que fuese su propio sufrimiento lo que le hubiese llevado a abrir los ojos con respecto al mundo de que formaba parte y a su impávida injusticia. Motivos egoístas, llamaba él a sus razones. Pero en realidad no lo eran, pues a él le preocupaba su caso por lo que tenía de general y de humano. Por otra parte, nuestras razones egoístas influyen casi siempre en la realización de las grandes cosas.
Unos seis meses antes de aquella noche del cabaret, Fernando Monsalvat, con su dolor y su desilusión a cuestas, había llegado a Buenos Aires. Al principio se asombraba de juzgar a las gentes y a las instituciones con tan gran rigor. ¿Por qué todo lo veía malo? ¿Pesimismo? Pero luego comprendió que sus juicios severos eran la simple obra del espíritu crítico que había surgido en él. Hasta entonces aceptó las cosas como inmutables. La vida le había ofrecido cuantos goces quiso. Tuvo dinero, fué amado, alcanzó algún prestigio. Nada le importaron ni las imperfecciones, ni las iniquidades del mundo. Demasiado lleno de sus libros, de su vida, de sus placeres, no advirtió los trágicos lamentos subterráneos de los que gemían allá abajo. Vivía en un mundo feliz, en una sociedad sin angustias. Pero ahora se le estrujaba el corazón y, en la soledad de sus días, clamaba inquietamente por tantos años estériles.
Una tarde, la casualidad le hizo comprender hasta qué punto había sido egoísta su vida. El automóvil en que iba se había detenido al doblar una esquina, en la plaza Lavalle. Una multitud avanzaba cantando. Era domingo. Todas las puertas cerradas. La canción avanzaba por en medio de la calle, y también por entre los árboles. Avanzaba irritada, exasperada, tumultuosa. Monsalvat no veía sino las mil bocas frenéticas de aquella canción que le intimidaba y a la vez le atraía, y una bandera roja que parecía el alma de aquella canción. Bajó del automóvil. Y en esto, un clarín brutal desinfló la multitud, como el pinchazo de un puñal en una odre. Sonaron tiros. Los sables policiales, ciegos, enloquecidos de sangre, golpeaban las bocas proletarias que contestaban rabiosamente, dolorosamente, cantando su canción. Pero la violencia de arriba fué más fuerte que la ingenua violencia de la canción. La multitud se derramó por las calles próximas, se deshizo. Los sables buscaron ansiosamente a los que se escondían en los huecos de las puertas cerradas. Los ojos de los que huían volvíanse enormes de espanto. Allí, en la calle, quedaba el crimen, solo, brutal, despótico, monstruoso. Nadie recogía los muertos ni los heridos. Las casas de los bienhallados, de las familias de abolengo, de los burgueses y comerciantes permanecían cerradas, mudas. Monsalvat, enfermo de indignación, con el alma hecha un clamor, creyó advertir en aquello una complicidad horrible.