Su transformación, sin embargo, era puramente interior. Algo había cambiado su vida: no frecuentaba el club, no iba a fiestas, no veía a la mayor parte de sus antiguos amigos. Pero en los seis meses, ¿qué había hecho de positivo? ¿Había descubierto, acaso, su verdadero camino? Estas preguntas le atormentaban sin cesar, y le sumían en largas horas de meditación.

Sólo había resuelto no trabajar como abogado. ¿Para qué necesitaba ganar tanto dinero? ¿Para guardarlo? ¿Para gastarlo en vanidades? Pensó que pudiera darlo. Pero, ¿a quién y cómo? Un amigo, abogado ilustre, que estimaba el saber jurídico de Monsalvat, quiso asociarle a su estudio; pero él no aceptó. Prefería un empleo, y lo pidió al Ministerio de Relaciones Exteriores, donde su preparación, adquirida en siete años de consulado, sería muy útil, y donde se le apreciaba grandemente. El Ministro le prometió un empleo y Monsalvat lo esperaba para aquellos días.

Mientras tanto, vagaba por las calles, triste y distraído. Huyendo de sus relaciones y de las fiestas del Centenario, gustaba recorrer los barrios pobres, los arrabales. A veces, en algunos festejos populares, se metió entre la multitud. Oyó las conversaciones de la gente y habló con varios hombres y mujeres. Se sorprendía de encontrarse tan bien entre ellos. Se sentía pueblo. Y era en efecto pueblo, por su madre, hija de obreros que llegaron a pequeños comerciantes. Un día fué a ver aquella casa,—un pequeño conventillo—de cuya renta vivía. Se indignó contra el encargado. Aquello era un antro inmundo e inhabitable donde se hacinaban unas quince familias de desgraciados trabajadores. ¿Cómo nunca se le ocurrió verlo? preguntábase, disgustado contra sí mismo. Pero luego recordó que lo había visitado varias veces, antes de su segundo viaje a Europa. Sólo que entonces aquella miseria le parecía cosa natural y hasta excelente. ¿No eran acaso situaciones como aquéllas las que despertaban las ambiciones de los obreros y los llevaban a trabajar con heroísmo y a enriquecerse por la fuerza de su voluntad? ¿No eran esas situaciones el primer escalón de la fortuna, en este país privilegiado "donde no se hacía rico sólo el que no quería serlo?" Monsalvat recordaba avergonzado sus antiguas ideas del liberalismo económico, de ese inicuo sistema que parecía inventado por los ricos para seguir explotando a los pobres. ¡Ah, sus magníficos artículos de otros años, cuánto daría por no haberlos escrito! Tuvo intenciones de hipotecar el conventillo con el propósito de transformarlo en una casa higiénica.

En sociedad, y sobre todo entre los hombres, el estado de ánimo de Monsalvat fué tomado a la burla Él apenas hablaba de sus ideas y sus preocupaciones, pero su aislamiento y algún artículo reciente en que explotara su sentimiento de protesta, indignando a las gentes distinguidas que le aplaudieron antes, revelaban algo raro en él, que la sociedad comentaba encarnizadamente. Unos decían que estaba loco; otros le consideraban enfermo. Más de una persona seria le miró con miedo, como a un enemigo de las instituciones.

Pero Monsalvat no era enemigo de nadie. Demasiado bueno, los sentimientos de rebeldía no duraban mucho en su corazón; se transformaban, a poco de nacer, en una indecible pena, en una angustia, en un desasosiego físico y moral. Sólo se odiaba a sí mismo, sólo se rebelaba contra sus años egoístas.

¿Qué quería ahora? ¿Qué buscaba? ¿Dónde pensaba hallar su camino? No sabía. No sabía absolutamente nada de lo que pudiera ocurrirle. Sentía a su alrededor un vacío enorme. Una sensación de infinita soledad le acompañaba incesantemente. Horas enteras pasaba meditando en su destino futuro. Su corazón se había sensibilizado de un modo extraño, y todo su ser parecía estar ya pronto para una fundamental transformación de su vida.

Una noche la curiosidad le llevó al cabaret. Ignoraba lo que fuese aquello. Hízole impresión el espectáculo. Los tangos, en la orquesta típica, causáronle una emoción intensa. El cabaret le pareció una nota de color en la aridez inmensa de Buenos Aires. Aquella noche se sintió más solo que nunca. En el cabaret y en los tangos encontraba, no sabía por qué, la misma tristeza profunda que él llevaba en su alma. A veces, cuando el bandoneón surgía como desde un hondo abismo, la música del arrabal, la música aquélla que hacía pensar en crímenes y en paisajes de miseria, le hablaba de desolaciones, de desesperanzas, de la amargura del vivir.

Aquella noche sus ojos encontraron los de Nacha por primera vez. Se miraron sorprendidos, algo azorados, como si se conocieran. La muchacha se había turbado. Bajaba los ojos, enredaba sus dedos unos con otros. Monsalvat permaneció en el cabaret dos horas, insistiendo en aquel flirt. Jamás le atrajeron las mujeres fáciles, cuya ausencia de reserva consideraba nada femenina. ¡Pero aquella criatura tenía tan lindos ojos! Pensó que tal vez ella pudiera amarle. Pensó que su soledad sería menos grande si una mujer le comprendiese. Al salir del cabaret la siguió en un auto. Ella y su amigo entraron en la casa donde seguramente vivían. Monsalvat bajó del coche y esperó un momento, en medio de la calle, bajo la oscuridad de la noche. Ella salió al balcón y permaneció allí un instante, mirando a veces hacia la calle.