Monsalvat retornó al cabaret algunas noches. Pero no la vió. La sensación de su soledad se le hizo aguda. Su inquietud aumentó. Parecíale que el mundo le rechazaba. Le fué más urgente que nunca el encontrar el sentido de su vida.

En esta situación se encontraba Fernando Monsalvat, en los días anteriores a la escena del cabaret.

III

Cuando salió Monsalvat del cabaret era la una. Apenas puso un pie en la vereda, el frío, que esperaba a la puerta como un ladrón, le saltó a la garganta y al rostro. Se abroqueló con el cuello del sobretodo y echó a andar lentamente. Su paso vacilaba un poco, y su mirada, siempre en el suelo, avanzaba por la vereda sin desviarse, como siguiendo un riel. En la primera esquina se detuvo un instante, pensando.

Pasaba gente. Salía de los espectáculos retardados y de los cafés. Tranvías atestados, carruajes, automóviles. La calle,—viviendas familiares, comercios dormidos, estaba pobre de luz. En los puntos más negros, mujeres solitarias y anhelantes esperaban escondidamente el paso de los hombres. Monsalvat siguió una cuadra hacia el sud, por la calle en sombra, hasta que le envolvió el polvillo de oro del barrio luminoso. Las inmensas vidrieras de los cafés exhibían multitud de mesitas y de bustos humanos, bajo una espesa humareda de cigarrillos, ardientes ondas de luz y densas marejadas de tango. En las esquinas de las calles, restos de aglomeraciones se estaban ahí estúpidamente. Mujeres de ojos ágiles, algunas lindas y elegantes, torcían hacia las sombras, encabezando pequeños grupos de hombres, dispersos y disimulados. Bocinas de automóviles, conversaciones en todos los idiomas. El timbre de un tranvía detenido acribillaba la noche, impacientemente, con pinchazos sonoros. Pero a pesar de toda la vida y la luz del barrio, ya no duraban en su integridad ni el ansia de vivir ni la energía de las primeras horas nocturnas. Aquel sobrante vital, que aún se retardaba, apegado a su noche como a un vicio, difundía en la calle una invasora sensación de cansancio.

Monsalvat seguía caminando. Insensible a la vida de aquellas calles luminosas, no veía sino sus propios sufrimientos. Iba cada vez más lentamente, como quien apenas puede andar porque lleva una agobiante carga de sensaciones dolorosas. Quería ordenar estas sensaciones, quería recordarlo y comprenderlo todo; pero no lograba sino exasperar su dolor y aumentar el peso de su carga. Sufría como jamás había sufrido. Hasta el imaginar las mutuas miradas con Nacha le hacía sufrir, pues la veía desgraciada, víctima de su urgencia de vivir y de la ajena perversidad; desleal y mala para con él, que la defendiera. Le hacía sufrir el recordar sus momentos desesperados, cuando se sentía incapaz, cobardemente incapaz de librar a Nacha de los ruines que la humillaban; el recordar sus momentos de dolor al mirar tanta tristeza en un ser humano. Le hacía sufrir el pensar en aquel minuto de angustia, cuando sintió que una cosa desbordante, imperativa, enorme, crecía en su alma y en su corazón, le arrancaba del asiento, le empujaba hacia los miserables que maltrataban a Nacha, y penetraba todo su ser de un coraje desconocido. Y sobre estos dolores multiformes, le hacía sufrir abrumadoramente, destacándose por encima de todos, haciéndolos más intensos y más crueles, ennegreciendo su vida, el recordar que había conocido al hombre que engañó a su hermana, a aquel Dalmacio Arnedo que había tal vez llevado a la depravación a la infeliz Eugenia Monsalvat; el recordar que había soportado su nombre, sus ojos y sus burlas; el recordar su angustia cuando la perdición de Eugenia; y más que nada, el recordar lo poco que hizo por educar a su hermana menor que él, lo poco que hizo por salvarla cuando fué perdida y lo poco que hizo hasta entonces por encontrarla, por arrancarla de la infamia en que tal vez vivía.

Caminaba lentamente, por la calle luminosa, cuando sintió que le tocaban un brazo. Era Amílcar Torres.

—Dos palabras, Monsalvat. Entremos aquí, ¿eh?

Penetraron en un café inmenso. Una orquesta de señoritas, con la sensibilidad lánguida de su valse tzigano, endulzaba las miradas de los hombres y les hacía entreabrir las bocas beatíficamente. Torres y Monsalvat se sentaron.