—Yo fuí quien dió parte a la policía—dijo Torres, marcando sílaba por sílaba, con acento muy expresivo, exageradamente enérgico, y sonriendo luego de pronto, con afectada malicia.
Era médico, y parecía un moro con sus encrespados cabellos negros, sus cejas retintas, sus ojos muy oscuros y adentrados y sus dientes blanquísimos. Llevaba un bigote espeso, de guías cortadas. Sonreía siempre, unas veces con tristeza, otras con ironía, otras con adoptada malevolencia.
Monsalvat no contestó. El médico cambió de postura, colocándose de lado. Montó una de sus largas piernas sobre la otra, de modo que ambas, sobresaliendo del territorio que podían naturalmente ocupar, obstaculizaban el tránsito.
—Y he venido siguiéndolo—dijo, torciendo la cabeza para hablar de frente a Monsalvat,—porque es indispensable que le advierta una cosa. Cuidado con esa gente, ¿eh? ¡Si los conozco! ¡Capaces de asesinarlo! Y he visto que... usted... y la muchacha... ¿eh?
Hizo un gesto señalando sus ojos y los de Monsalvat. Nuevamente había pasado de la expresión enérgica, un poco exaltada, a una expresión sonriente y maliciosa. Y vuelta la cabeza a su posición primera, obligado así a mirar de reojo, agregó:
—No niegue, hombre. ¡Si he visto todo! La muchacha es linda, no hay duda. Pero... cuidado, ¿eh? Lo pueden saquear...
—¿No estará exagerando usted, Torres? A mí me parece que la muchacha no es de ésas que...
—Que... ¿qué?—preguntó el médico, mirando siempre de reojo y sonriendo burlonamente.—No la conoce.
Y en seguida se colocó de frente a Monsalvat. Adoptó un rostro colérico, y con acento misterioso y grave, como quien hace una afirmación transcendental, pronunciando señaladamente cada sílaba, exclamó, mientras levantaba la mano derecha y movía el dedo índice en el aire: