—Por ésa... ¿eh?... ¡se ha hundido más de uno!
Y retornó a su anterior postura cómoda, con aire indiferente y filosófico.
Monsalvat no creía. Los dulces ojos de Nacha negaban esas miserias de que hablaba Torres. Pero, ¿y si fuese verdad? Ansiaba saber, necesitaba saber. Cada segundo que iba pasando, crecía en él una pasión de saber. Sin embargo, no preguntaba nada. Torres le adivinó sus deseos, y, feliz de mostrar su sabiduría en vidas ajenas, habló largamente de Nacha y de su amante.
—Ese Arnedo, el Pampa, como le dicen, es de avería. Tipo de meter bala y falsificar firmas. Se ha escapado raspando, dos veces, de ir a la cárcel por estafador. Y usted ha visto cómo trata a su querida, ¿eh? La tiene dominada. Un tirano. Un salvaje. Pero... le deja un poco de libertad para que... ¿eh?... para que ella enamore a individuos con plata. Después, por medio de ciertas combinaciones... ¿eh?... ¿me comprende?... le sacan a la víctima los pesos que quieren. No se asombre. Estas mujeres...
—¿Cómo se llama ella? ¿Quién es?—interrumpió Monsalvat, disgustado de oir aquellas cosas, temiendo que su amigo continuase refiriendo monstruosidades en las que él no podía creer, no quería creer.
—Su nombre de guerra es Lila, y se llama Ignacia Regules. Nacha Regules le dicen. La madre tenía una pensión de estudiantes, que todavía existe. Yo la conozco a la madre, porque una vez...
—Cuénteme de Nacha, mejor.
—Ah, quiere saber su historia, ¿eh? ¡Cómo le interesa!—dijo el médico socarronamente y gozándose en la curiosidad de su amigo, sonrosado de mostrar tanto interés por una muchacha de la vida.—Le contaré algo de lo que sé. Pero no todo, ¿eh? Lo más interesante lo reservo. Bueno. El caso es que Nacha, en la pensión, se enamoró de un estudiante. Huyó con él de la casa. Una barbaridad, porque allí mismo hubieran podido... ¿eh?... El tipo la usó dos años, creo. Después la abandonó en un estado que... ¿se da cuenta? Nacha fué al hospital. El hijo nació muerto. Al salir del hospital entró ella en una tienda. Quería ser honesta. Pero usted sabe lo que pagan las tiendas, ¿eh? Una miseria. Y hay las multas. Y hay también el gerente que exige... ¿comprende? Total, que con estas cosas y el mal ejemplo de algunas compañeras, acabó por frecuentar ciertas casas donde ganaba diez veces más que en la tienda y con un trabajo... ¿eh?... relativamente fácil y agradable...
Y guiñaba un ojo, mirando a Monsalvat.