—Y usted, ¿cómo sabe esas cosas?
—Ah, eso no se dice...
Nacha había sido amiga de un íntimo de Torres. Una vez que él la atendió como médico, ella le contó su historia. Pero Torres, misterioso, lleno de cábulas, un poco mistificador, gozaba en ocultar sus fuentes informativas. Así creía dar más valor a sus noticias, y saboreaba el placer, para él exquisito, de intrigar a su interlocutor.
Monsalvat no había cesado de remover sus sufrimientos. Miraba a su amigo con fijeza, miraba hacia la orquesta, dejaba a sus ojos recorrer las caras de los desconocidos que le rodeaban. Pero en su lugar veía a su hermana, seducida y abandonada, prostituida tal vez; veía a su madre, llorando su propia ignominia y la de su hija; veía a Nacha Regules, bajo la garra brutal del Pampa Arnedo; se veía a sí mismo feliz, viajando, conquistando bellas mujeres, escribiendo artículos, o en el Club o en una fiesta, mientras Eugenia Monsalvat caía cada vez más abajo, se vendía al primer pasante, y mientras millones de mujeres padecían idéntica miseria; y veía al mundo de los bienhallados, insensibles a la tortura eterna de los de abajo, orgullosos de su dinero, de su fácil virtud, robando a los pobres sus mujeres, comprándoselas, pervirtiéndoselas, y gozando egoístamente de sus placeres, al mismo tiempo que sus hermanos los pobres, hombres como ellos, seres que han de morir como ellos, seres con una alma como la de ellos, sufren tormentos espantosos, bajo los tentáculos de aquellos monstruos apocalípticos que se llaman el Hambre, la Miseria, la Prostitución.
—¿Y después?—exclamó Monsalvat, notando que Torres le observaba, y deseando saber la vida de Nacha, toda la vida de esa mujer que en aquellos momentos imaginaba como un símbolo de las desgraciadas.
—¿Después? Dejó la tienda. ¿Y sabe por qué? ¡Porque quería ser decente! Decente... ¿eh? Se ocupó entonces en trabajos más modestos, no recuerdo cuáles, hasta que fué a dar a un café-concierto como camarera. ¡Fíjese! Decente y camarera... ¿Se da cuenta?
Monsalvat, sombrío de sufrimiento, casi mudo de indignación contra la sociedad, insinuó que tal vez Nacha fuese buena. Su deseo de trabajar y ser honesta demostraba algo en su favor.
—¿Buena? Sí, todas son buenas, casi todas. Se las juzga mal a estas infelices. Yo las conozco, ¿comprende?, y puedo asegurar que tienen corazón. Si hacen maldades es inconscientemente, sin saber... Y sus ideas morales son a veces elevadas. Elevadas, así como lo oye...
Ahora Torres ya no sonreía. Sin duda se habían metido en su espíritu, desalojando su aparente y superficial escepticismo, algunos recuerdos de los innumerables que tenía del mundo de las tristes, algunos recuerdos de bondades, de extrañas lealtades, hasta de heroísmos: oscuros, silenciosos y bellos heroísmos.
Ante los ojos de Monsalvat estaba Nacha. Allí estaba exigiéndole que fuera a salvarla. Y él la salvaría de su vida lamentable, de sus horas futuras y del recuerdo de sus horas pasadas. En su espíritu se instaló el deber de hablar con ella. ¿Cómo la vería? ¿Dónde? ¿Para decirle qué? Lo ignoraba. Pero él la vería, él la salvaría. Y la salvaría no sólo por ella, no sólo porque era un pobre ser humano desgraciado, no sólo porque era linda y se había mirado con él. La salvaría por su hermana, por él. Sí, por él mismo.