—Son simples víctimas estas infelices—agregó Torres.—Nacha me contó una vez que en la tienda, en las fábricas donde trabajó, en las oficinas donde pedía empleo, en todas partes, los hombres la perseguían. Y es que nosotros los hombres... ¿eh?... somos todos, hasta los que parecemos decentes, unos vulgares canallas. ¿No le parece, ché? Y dígame si una mujer que apenas gana para comer, que vive miserablemente, puede resistir a la tentación de un individuo amable, tal vez buenmozo, que le ofrece sacarla del infierno en que vive... No, ellas no tienen la culpa...

Monsalvat, ahora, veía al mundo como un astro siniestro, poblado por seres infames. Todo era negro, horriblemente negro; un abismo de perversas sombras. Él mismo era un criminal. Había seducido, había comprado caricias con recomendaciones y favores. Comprendía que era un canalla, tal vez como aquel vecino, y como el otro y como todos los hombres que allí estaban y como todos los hombres del mundo. Aquella modistilla que sedujo, aquella obrerita que fué su amante, ¿serían también rameras, más o menos disimuladas? ¿Y por culpa suya? ¿Se venderían también? ¿Habrían perdido todo derecho al aprecio del mundo, todo derecho a ser personas, todo derecho a ser compadecidas? ¿Y por culpa suya? Se despreció a sí mismo enormemente, y este desprecio le hizo soportable su dolor.

Mientras tanto, el valse de La viuda alegre flotaba lánguidamente sobre la espesura del aire, como tules sinuosos, ondulantes, armoniosos, luminosos, casi impalpables. Pero a Monsalvat aquella música se le envolvía a su cuerpo, se le envolvía hasta el infinito, como una venda interminable, como una venda que cada vez le oprimía más y que aumentaba sus sufrimientos traidoramente. Una melancolía de placeres mundanos se desflecaba de cada frase musical, de cada compás, de cada nota, para derramarse sobre el aire espeso del local. Siempre a Monsalvat le tornaron triste estas músicas de los bares y de los cafés, pero esa noche todo su ser llagaba, y los tules flotantes de aquellas melodías herían su alma lamentablemente.

—¿Y después?

Torres, que había callado, contestó a la pregunta casi mecánica, casi inconsciente de su amigo, refiriendo cuanto sabía de Nacha. La unión con un poeta bohemio, un muchacho romántico, Carlos Riga. La miseria espantosa, el alcoholismo de Riga, el abandono por Nacha, que no soportaba el hambre y que creía perjudicar al amante, quedando a su lado. Luego, el convencimiento de que era inútil querer ser honesta. La prostitución disimulada: dos meses con uno, seis con otro... Hasta que un día aceptó la idea de que viviendo con uno sólo, era infiel a Riga, al que adoraba. Y se entregó "a la vida", frecuentó las casas de citas. En una casa la encontró Arnedo. Bonita, inteligente, con mucho trato adquirido en "la pensión" de su madre, con cierta cultura que se le pegara cuando vivió con el poeta y entre muchachos escritores, Nacha era un tesoro para el Pampa, que deseaba una querida que luciese.

—¡Qué tristezas!...—exclamó Monsalvat lúgubremente.—¿Y habrá muchas como ella que...?

—¡Miles y miles! Lo sé porque soy médico. Médico de policía, ¿comprende? Y mi tesis, ¿eh? fué precisamente sobre prostitución.

Habló del tema, con los detalles más horribles. Monsalvat, que lo ignoraba, tenía sus ojos, sus oídos, sus sentidos todos, su alma entera y todo su cuerpo, ávidamente, en las palabras del amigo. Torres habló de las prostitutas vergonzantes, perdidas por el hambre; de aquéllas otras, víctimas de la maldad humana y de las preocupaciones morales: del novio que las sedujo y de la feroz moral paterna. Habló luego de las otras, las desdichadas convertidas en cosas, sin personalidad, sin alma, sin libertad. Esclavitud monstruosa, bajo la avaricia del traficante y de "la patrona". Esclavitud en la degradación obligatoria, sometidas las tristes mujeres a suplicios enormes. Esclavitud aceptada por la sociedad y por el Estado y protegida por las policías. Habló Torres de cómo los traficantes engañaban a las muchachas en Austria o en Rusia, llegando hasta casarse y traer la esposa virgen a Buenos Aires, para obtener de su venta un mayor precio; de cómo las mujeres eran vendidas a otros traficantes en pública subasta; de cómo estos hombres ganaban millones, tenían clubs, daban varios miles de votos a los políticos y se codeaban con personajes; de cómo las mujeres eran violentadas, atormentadas, y de cómo Buenos Aires era un vasto mercado de carne humana.

Monsalvat no podía hablar. Pensaba en su hermana, imaginaba su vida. Veíala abandonada, luchando por no caer, cayendo quizá. Veíala luchando de nuevo, por no caer más abajo. Y hundiéndose al fin en el lodo, tal vez bajo la garra de los traficantes; torturada, esclavizada, muerta... No podía hablar Monsalvat. Inmóvil seguía oyendo, seguía viendo. El mundo era una pesadilla lúgubre. Al cabo, pudo decir, balbuciente:

—¿Y qué se hace para remediar...?