—¿Qué se va a hacer? Nada. Sería preciso deshacerlo todo. Construir de nuevo la sociedad...

Y entonces Monsalvat, oprimiendo con fuerza extraña un brazo de su amigo, con los ojos húmedos de emoción, con la voz solemne de los grandes momentos, dijo lentamente, firmemente:

—Pues se deshace todo, se destruye todo... ¡Y se levanta una nueva sociedad!

Torres asintió con su expresión, sugestionado por la fuerza moral que sentía en Monsalvat, por el ambiente de emoción que acababa de crearse entre ellos, por aquel gran Bien y aquella gran Bondad que hablaban las palabras y los ojos del amigo. Asintió... Pero en seguida vino la reacción. Se defendió en su interior contra el lirismo ingenuo de Monsalvat. Miró a su alrededor. Volvió enteramente a la realidad. El hombre instintivamente generoso desapareció. Surgió el hombre de mundo, el hombre como todos, el hombre formado por las ideas y los sentimientos de todos, que empezó a encontrar ridículo todo aquello: Monsalvat, sus palabras, sus quijoterías, su dolor por cosas irremediables, aceptadas, sancionadas, necesarias. Surgió en seguida, casi encima, el médico. ¿No era todo eso cosa de nervios, de desequilibrio? Y dijo, escéptico, superficial como antes:

—Es un problema complejo, sin solución...

Monsalvat no le oyó. No oía sino una voz milenaria que le gritaba su culpa propia, su parte de culpa en el gran crimen social. Una campana lúgubre, hueca, desesperada era su corazón. Sus ojos veían el mundo como un escenario trágico. La tragedia de su madre, primero: de su madre engañada, sufriendo toda su vida, haciendo desgraciados a sus hijos. La tragedia de su hermana, luego. La tragedia de Nacha, después. Y como un coro lamentable, como un coro eterno, el coro más doloroso, más horrible, los llantos de las desgraciadas, los llantos de sus padres y sus hermanos, los ayes de sus hijos suprimidos, los gritos de la vergüenza, los clamores del hambre.

—¿Qué le pasa?—le preguntó Torres.—Será mejor que nos vayamos. Son las tres de la mañana.

Monsalvat accedió a marcharse. Dijo no sentirse bien. Se despidió de Torres, que iba hacia el norte, y él bajó hacia el sud, hacia la Avenida de Mayo, donde vivía.

En cuanto llegó al hotel, se acostó. Pero no durmió en toda la noche. Sin saber por qué, recordaba la matanza de los proletarios en la plaza Lavalle, y su canción se mezclaba molestamente, quitándole el sueño, con uno de los tangos del cabaret. Después, en una especie de semisueño, fué una cabalgata de imágenes espantables, un gemido aullante que se acercaba y crecía y se acercaba cada vez más, y era el gemido de la humanidad sufriente. Ya de día, dormitó unos instantes; pero esta sombra de sueño le trajo una pesadilla que le atormentó el corazón. Un fantasma monstruoso, cubierto de oro, sedas y piedras preciosas, y con unas fauces de bestia apocalíptica y unas garras trágicas, estaba allí, en su cuarto. Apenas cabía. Se acercaba a la cama, abría sus fauces, iba a devorarle. Y ese monstruo de vientre repugnante, donde yacían infinitas generaciones de los tristes del mundo, era la Injusticia Social.