Monsalvat se levantó tarde. Estaba tranquilo. Sentía una nueva vida en él. Las cosas todas tenían una nueva vida, un nuevo sentido. ¿Cuál era la nueva vida? Lo ignoraba. Pero sabía que en su interior comenzaba a crecer ahora una gran claridad.

Almorzó y salió a la calle. Pensó, sin decisión, en ir a casa de su madre. Pero caminando, caminando, sus pasos le llevaron en dirección distinta. Iba distraído, impregnado su espíritu de serenidad. No advertía por cuáles calles andaba. Cuando se enteró, vió con asombro que estaba a pocos metros de la casa de Nacha. Atribuyó el hecho a una voluntad del destino, y sin vacilar, con calma, seguro de que hacía una cosa buena, entró en la casa.

IV

Nacha no había podido dormir. Pocas veces en su vida de sufrimiento pasó una noche tan angustiosa. Al llegar del cabaret, Arnedo se acostó sin decir palabra, Aquella mudez de indio aterrorizó a Nacha. El miedo de ser abandonada y de tener que refugiarse en "la vida", el miedo a aquel hombre malo y violento, se mezcló entonces a las inquietudes de ese día: a la inquietud por su antiguo amante, Carlos Riga, el poeta bohemio que agonizaba en un hospital; a la inquietud por aquel hombre del cabaret, apasionado y noble, y cuya acción caballeresca sólo mereció de ella una burla, una burla de miedo, de timidez; de inconsciencia; a la inquietud por algo que esa noche creció en su alma extrañamente y que ella debió ocultar a Arnedo como si fuese un crimen. No había dormido un solo minuto. Presentía su desgracia. Adivinaba que el Destino quería su perdición. Un film incoherente y fragmentario, hecho de reminiscencias de esa tarde, de retazos de su vida, de sufrimientos futuros, de inmensos miedos, de raquíticas esperanzas, pasaba ante sus ojos. Pasaba a veces precipitadamente, a veces con ritmo de locura, a veces lento y doloroso como una trágica paz.

¡Cómo había ansiado que aquella noche transcurriera rápidamente! Para que no quedaran ni huellas de las horas de tormento que estaba viviendo, imaginaba sepultarlas bajo eternidades de olvido. Mientras tanto, esperando el amanecer, a cada rato encendía luz para ver la hora. Vió las cuatro, las cuatro y media, las cinco... ¡Nunca, nunca tardó tanto el día en llegar! Más de una vez pensó que el reloj atrasaba; se levantó para mirar si amanecía. Pero todo estaba oscuro y sombrío; apenas si una vaga lividez, allá en el fondo del cielo, presagiaba la posibilidad del amanecer. ¡Cuándo llegaría la mañana, para traer un poco de luz a su tristeza!

Toda la noche vió al hombre del cabaret. ¡Cómo la miraba! Nunca la miraron de ese modo. No había en los ojos de aquel hombre los deseos que ella advirtió siempre en los demás. Era otra cosa, otra cosa... Sobre todo desde que comenzaron a burlarse de ella. ¿Pero por qué la miraba así? Ya algunas noches antes, estando en el cabaret con el Pampa y sus amigos, sus ojos se encontraron con los de ese hombre. Su mirada se sintió atraída por la de él. No había podido evitarlo. Él la siguió, sin duda para ver dónde vivía; esperó en la calle y ella salió un instante al balcón. ¿Quién era? ¿Pretendía separarla de Arnedo y llevarla con él? ¿Y por qué quiso defenderla, perjudicándola? Él era culpable, en gran parte, del enojo de Arnedo. Ella lo odiaba al Pampa, pero no podría dejarlo. La tenía dominada. La insultaba, la abofeteaba, y ella, en lugar de rebelarse, seguía más sumisa que nunca. ¡Qué extraña, la vida! Nacha pensaba que jamás se entendería a sí misma. A veces creía tener en su interior otra persona que la obligaba a las cosas inexplicables que hacía contra su voluntad. Y si no, ¿por qué se condujo tan desagradecidamente, tan vilmente con ese hombre que la había defendido, que se interesaba por ella, que la quería, tal vez? ¿Por qué cometió esa indignidad? Durante toda la noche había tratado de no pensar en el desconocido. Pero era inútil. En sus actitudes, en sus ojos y en sus palabras veía algo de grande y de fascinante que le diferenciaba de cuantos ella conocía. ¡Qué coraje y qué rareza el atreverse con la patota! Se sentía incomprensiblemente atraída hacia él. Temía encontrarle alguna vez y al mismo tiempo deseaba verle de nuevo. ¿Y para qué deseaba verle? No sabía, no sabía y no deseaba saberlo.

Pero si esta preocupación era absorbente, no lo era menos el imaginar su porvenir. ¡Ah, si el Pampa la arrojase de su casa! Era horrible tener que buscar otro hombre, mendigar una protección, caer quizás en lo que tanto temía. Decíase que aceptaría los favores del sujeto más perverso, del más brutal, antes que vivir pasando de mano en mano. Lo que llamaban "la vida" se le presentaba como un fantasma aterrador. Ella se había dado a "la vida" en dos ocasiones de su existencia, y sabía que el vivir así significaba un atroz tormento, inagotables temores, la angustia del mañana. Prefería morir antes que resignarse a aquello. Ella quería ser buena, ser honesta, y nada envidiaba tanto como la situación de las mujeres que tienen la enorme dicha de poder vivir normalmente. Ella no se arrepentía de lo que había sido, de lo que era todavía. ¿Era suya la culpa? Un miserable la engañó; su madre, dominada por un hombre inconsciente y falto de toda simpatía humana, se negó a recibirla, arrojándola así al vicio; y en las tiendas, las fábricas, en todas partes donde estuvo empleada, la persecución de los hombres y la penuria de los sueldos la obligó a envilecerse. Pero ella no guardaba rencor contra nadie. A su madre ya la había perdonado y hasta le encontró razón. No, nadie tenía la culpa. Todo era obra del destino, que la condenara a ser mujer de la vida. Una implacable fatalidad la había empujado violentamente hacia el mal. Inútil defenderse, luchar. El mal era más poderoso que la voluntad de una pobre mujer. El mal la había vencido, arrojándola torpemente sobre un infame lecho de alquiler.

En cuanto al poeta bohemio que fué su amigo, el recordarlo atenuaba un poco los sufrimientos de la noche. Fué bueno, leal, compasivo. Tenía un gran corazón, sabía las más bellas palabras de consuelo que se inventaron en el mundo. Riga la había hecho más inteligente y le había enseñado a aceptar sin protesta las injusticias del destino. Y ahora, ¿estaría muriéndose? ¿Habría muerto ya, tal vez? La tarde anterior había leído en un diario la noticia de la enfermedad del poeta. Y esto la aniquiló, poniendo en su alma tal tristeza que en toda la noche del cabaret no pudo desasirse de ella un solo instante.

Nacha creíase casi culpable de la muerte de Riga. Porque ella le abandonó precisamente cuando él más necesitaba su apoyo. ¿Por qué hizo eso? ¿Por qué esa eterna contradicción en su vida? Dejó su casa cuando más quería a su madre y a su hermana; adoraba a Riga, y huyó de su lado; sentía simpatía y admiración por aquel hombre del cabaret y se burlaba de él. ¿Por qué era así? La noche entera pensó en Riga, desde el instante en que le conoció hasta el minuto trágico del abandono.