Fué en la casa de huéspedes de su madre. Allí se hicieron los dos bastante amigos. Más tarde, perdida ya ella, supo las desgracias del bohemio, y en medio de las gentes infames o groseras que le rodeaban le recordó como una alma noble y pura. Años después se encontraron, cuando ella trabajaba como camarera en un café-concierto. Riga pasaba por momentos de inmensa angustia. Se vieron algunas noches, se contaron sus penas, se emocionaron por sus mutuos sufrimientos. Y se unieron. Vivieron juntos tres años, adorándose, adorándose en medio de la miseria, del dolor, de la desesperación. Los dos trabajaban, pero el Destino, que quería ensañarse en ellos, fué más fuerte y los venció. Y cayeron, cayeron... Riga se hundió en el vicio, dejó de escribir. Ella padeció hambre, quitándose el pan de la boca para que él no pereciera. Pero llegó un día en que todo debía concluir. No era posible padecer ya más. La vida y la juventud reclamaban sus derechos. Y entonces ella se fué, llorando, sufriendo hasta más no poder, destrozada física y moralmente.
Poco antes de las siete saltó otra vez de la cama sin que Arnedo la sintiera, y, envuelta en su kimono, salió a la puerta del departamento. Vivían en un cuarto piso. Se acercó al ascensor y tocó el timbre para llamar al portero. Cuando el hombre subió, le pidió ansiosamente el diario La Patria, al que se hallaba suscrito Arnedo; y como le dijese que aún no llegara, lo mandó comprar con urgencia. Mientras el portero iba en busca del diario, Nacha, inquieta, no hacía sino asomarse a la ventana de la calle y salir a la puerta del departamento. La mañana estaba neblinosa y el cielo tenía un color amarillento, sucio. Había mucha humedad y los vidrios y las maderas sudaban largas gotas. Nacha tuvo un doloroso presentimiento. ¿Qué podía anunciar un día semejante sino tristezas? Pálida, temblando, corrió hacia la puerta, donde ya el hombre esperaba con el diario.
Abrió el periódico, buscó ávidamente... Allí estaba la terrible noticia que le traspasaba el corazón y la estremecía y le apretaba la garganta como una garra implacable. Sin fuerzas, pudiendo apenas caminar, fué hasta la salita y se arrojó en un sofá, con el diario en la mano. Se sentía deshecha. Allí permaneció mucho tiempo. Lloraba, lloraba la pobre Nacha... Aquel muerto, que el diario despedía con frases de cariño, era Carlos Riga, el poeta todo corazón, todo bondad, que había sido su amante y su amigo en los mejores años de su vida; el muchacho ingenuo que había purificado a su alma de lo material; el idealista que la había llenado de ilusiones y de ensueños; el hombre bueno que jamás tuvo para ella una palabra que no fuese afectuosa. ¡Ah, cómo no iba a llorar la muerte de un alma como aquélla! Ella no lo veía jamás, no podía verlo, pero deseaba saber que vivía para no ser del todo mala y no caer en el fango completamente.
¡Cómo lloró! Y era que aquella muerte se llevaba para siempre las únicas horas felices de su existencia de esclava, de su horrible existencia de paria. ¡Se llevaba su sola esperanza de redención! Toda su vida iba a ser trastornada ahora. Era llegado el momento de hacer examen de conciencia, de recordar, de recordarlo todo, todo... ¡Y estaba tan olvidada del pasado! Pero no porque hubiese querido olvidarse de su madre, de su hermana, de los años de la casa de huéspedes, de las dulces horas de amor que viviera con Carlos Riga. Era que para poder vivir necesitaba olvidarse de todo aquello. ¡Una continua lucha por olvidar había sido su vida!
Cuando Nacha se levantó del sofá, después de haber leído infinitas veces el cariñoso suelto de La Patria en elogio del poeta muerto, ya no tenía lágrimas, de tantas que había llorado. Compuso su rostro, pues temía que el Pampa ya estuviera en pie y viese su fisonomía alterada, y se dirigió a su cuarto de vestir. No oía ruido ninguno en el dormitorio, y se asomó. El Pampa roncaba, ignorando el drama interior que se desarrollaba a su lado. Entonces Nacha fué a su ropero y sacó el libro de Riga. Ella lo había comprado antes de ser su amante. Después él le puso una dedicatoria, amorosa y sentimental, que ocupaba las dos primeras páginas en blanco. La leyó apresurada, temiendo que Arnedo se levantase, hojeó el volumen varias veces y terminó por besarlo enternecidamente, con los ojos en lágrimas.
Luego volvió a la salita, tomó su desayuno, habló con la cocinera, intentó escribir a su hermana. Después no supo qué hacer. Habitualmente se quedaban en la cama hasta las once o las doce. Allí se desayunaban y leían el diario. Pero aquella mañana no hubiera podido permanecer en el lecho común, junto al Pampa. Tampoco podía quedarse en el cuarto de vestir. Temblaba de encontrarse frente a frente con Arnedo, pues sabía que él iba a pedirle cuenta de su tristeza de la noche anterior y de su empeño en no bailar. Se fué al comedor, que era el cuarto más alejado del dormitorio. Creía retardar así el momento que temía. Permaneció allí casi una hora, pensando en Riga, imaginando lo que el Pampa le diría. Se vió golpeada por su querido, arrojada de la casa a puntapiés. ¿Qué iba a pasar? Varias veces preguntó a la sirvienta si el señor se levantaba. Por ella supo cuándo se despertó, cuándo pidió el desayuno, cuándo fué al baño. Era de extrañar que no preguntara por ella, y este silencio le aterrorizaba. Por fin, a las doce, sabiendo que iba a terminar de vestirse, se preparó a esperarle. Estaba intranquila, turbada, muy nerviosa.
Luego, oyó sus pasos en el escritorio, cuarto vecino al comedor. Sintió que abría la puerta. Desde allí, mirándola apenas y sin darle los buenos días, el Pampa la llamó por medio de una seña.
Nacha, al entrar en el escritorio, sintió sobre ella los ojos agujereantes de Arnedo. Quedó cohibida. No sabía adónde mirar. El Pampa la observaba con una dura sonrisita perversa, complaciéndose en turbarla y afligirla. De pie, apoyando su espalda en una mesa, Arnedo tenía ambas manos en los bolsillos del pantalón y la galerita sobre la nuca.
—Quiero saber ahora mismo qué te pasaba anoche.
—Nada, estaba enferma, te lo dije...—habló ella sentándose.