El Pampa, como si no hubiera oído, se puso a silbar un tango. Nacha, muerta de miedo, apenas podía hablar.
—Enferma, ¿eh?
Los ojos del sujeto se clavaron sarcásticamente en los de la muchacha. Hubo un silencio que a ella le pareció inacabable. Oía el sonar de unas llaves que el Pampa agitaba con la mano dentro de un bolsillo. El Pampa fingía sonreír, cuando de pronto, en un impulso de exasperación, casi gritando y acompañando su exclamación de palabrotas, exclamó:
—¡Enferma! ¿Te pensás que me vas a engañar, sarnosa?
Nacha, asustada, se retiraba hacia el sofá. Le temblaban las piernas y las manos. Tartamudeando, medio llorosa, le pidió que no gritara así, que ella no había querido ofenderlo.
—¡He de gritar, desgraciada! Ya te he dicho que no permitiré que tengas amores con nadie. Tenías anoche esa cara de idiota porque te gusta alguno, quién sabe si el sarnoso que salió a defenderte. Y no he de tolerar que me pongás en ridículo. ¿Me has oído? Yo no mantengo una mujer para que vaya a lloriquear, a los cabarets y a hacer papelones.
—Estaba enferma, te digo.
—¡Mentira, he dicho! Si volvés a repetir ese pretexto, te rompo el alma.
—Perdonáme, Pampa... No grités así...
Arnedo empezó a pasearse por el cuarto y a vociferar como un energúmeno. De su boca salían las más groseras interjecciones. Sus ojos brillaban terriblemente. Nacha pensó en decirle la verdad: que su tristeza era debida a la agonía de aquel hombre a quien tanto quiso; pero tuvo la certidumbre de que Arnedo no le creería. Además, ¿no tenía razón para sospechar que su sentimiento hacia un hombre a quien nunca veía, y por lo mismo que Arnedo no podía comprenderlo, irritase más al Pampa? Prefirió callar, soportar en silencio sus injurias y su enojo.