Al fin, Arnedo decidió marcharse, ya algo apaciguado. Dijo que no volvería para almorzar. Y salió sin mirarla. Nacha le siguió hasta la puerta, sumisa, llena de miedo todavía. Hasta se le acercó, como para que él le diese un beso o le hiciera un cariño; pero Arnedo la apartó con desdén y golpeó tras sí la puerta del departamento. Nacha, apenas salió el Pampa, se echó a llorar. Necesitaba este desahogo. Y quedó contenta, pues el encuentro "había salido bien" para ella.
Durante el mediodía y las primeras horas de la tarde, no pensó sino en Riga. Había resuelto ir al cementerio, quería ver dónde lo enterraban. Se vestiría de negro, muy sencillamente, a fin de no llamar la atención. Deseaba también ser digna, en aquellos momentos siquiera, del poeta humilde que tanto la había querido.
Había terminado de vestirse, a eso de las tres, cuando la sirvienta vino a anunciarle que preguntaban por ella.
—¿Quién es? ¿Qué quiere?
—Un señor. Pero se niega a decir quién es.
Nacha tuvo un presentimiento. El corazón comenzó a latirle apresuradamente.
—¿Y no sabe que yo no recibo a ningún hombre? ¿Un señor, dice? ¿Bien vestido?
—Sí, señora.
—Dígale que no estoy. Pero espere... Sí, dígale que no estoy, no más.