—¡Es esta loca de la calle que nos quiere hacer traición!—vociferó una mujer enseñando los puños a la muchacha elegante.

Todos se fueron hacia ella. La insultaron, la amenazaron, le dijeron la palabra infamante. La muchacha se defendía enérgicamente. Pero al fin se echó a llorar, y entonces los inquilinos se apaciguaron. Sólo a las mujeres les enojó aquel llanto. No comprendían que una mujer de la vida pudiese llorar sinceramente. Las mujeres hubiesen querido maltratarla, vengándose así de sus sombreros y sus trajes, que eran para ellas lujosos. La muchacha defendía a Monsalvat, aseguraba que era bueno y que deseaba el bien de todos.

Monsalvat, en otro tiempo, se hubiese asombrado de que entre tantas gentes, buenas gentes en su mayoría, sólo una muchacha de mal vivir le comprendiese. Pero ahora encontraba esto muy natural. Sabía que una muchacha de ésas había pasado por los más grandes sufrimientos por que puede pasar un ser humano, y sabía qué escuela de bondad y de comprensión es el dolor. Además, una muchacha de la vida, aunque haya nacido en el pueblo, no pertenece al pueblo. Tiene íntimo y continuo trato con los ricos, y no tarda en adquirir los hábitos de vida de los ricos, por lo cual la muchacha podía comprender a Monsalvat mejor que las otras personas del conventillo. Y hay aún algo más: esas muchachas han conocido innumerables hombres, y si bien han sido víctimas de algunos y saben hasta dónde llega la perversidad de ellos, saben también hasta dónde puede llegar la bondad de otros. Y finalmente, esas muchachas, tolerantes para con todos los defectos, confiadas, algo infelices, son atolondradamente optimistas, y a pesar de los golpes terribles de la maldad, que ha destrozado su vida, no suelen, en su fácil credulidad, dudar de las promesas de los hombres. Y así como no les asombran las mayores maldades, porque están habituadas a sufrirlas, tampoco les asombran los actos más bondadosos, porque están habituadas a ser objeto de ellos.

Monsalvat tuvo que marcharse. Comprendía que era imposible convencer a aquella gente de ese modo. Pero volvió al otro día y al siguiente, y todos los días. Se hizo amigo de cada uno de sus inquilinos. A los que le debían el alquiler se lo perdonaba. Consiguió trabajo, mediante recomendaciones, a dos o tres habitantes de la casa.

Un día la muchacha que le defendiera le contó su historia. Era una chica bajita, de expresión suave y un poco triste, de temperamento pasivo y silencioso. Se conducía en la casa muy correctamente, y a nadie le constaba su oficio, si bien lo habían adivinado.

—Tuve un novio que me deshonró, uno al que le dicen el Pato y que le entra por llorar cuando se emborracha. Nunca supe su verdadero apellido. Un canalla. ¡Y de buena familia, seguramente! Tan canalla que me llevó a la casa de una tal Florinda. ¡Qué monstruo de mujer esa Florinda! Me tenía encerrada; y para que no me escapase, me quitaron el vestido que llevé puesto. No podía salir, ni comunicarme con mamá. Florinda me obligaba a entrar en el cuarto con los hombres. Pero yo lloraba de tal modo, que los hombres, señores de edad casi todos, se compadecían y se iban sin tocarme, después de haberme pagado. La ladrona de Florinda me quitaba la plata, y le daba la mitad al Pato. ¡Qué gente! ¿No? Pero yo fuí débil; me entregué a dos o tres muchachos que me gustaron. Era que en mi desesperación trataba de gustar a alguno para que me sacase de aquella cárcel. Y así sucedió. Un amigo, revólver en mano, me sacó de allí. Me llevó a vivir con él, hasta que después de tres años me despidió para casarse. Yo me había enamorado como una loca, y al verme separada de él empecé a hacer disparates. Quise matarlo, en la casa donde él vivía. Él me quitó el arma y me perdonó. Después tomé bicloruro, y me salvé de la muerte por casualidad. Después me entró por la cocaína, y una noche, en Armenonville, me desmayé. Asustada, dejé la cocaína. Dejé también el cabaret a donde empezaba a ir. Y aquí estoy, esperando siempre que él vuelva a mí. Se ha casado, pero yo sé que volverá. Y espero. Si no estuviese segura de que volverá, ya me habría suicidado.

Todos los esfuerzos que hizo Monsalvat para que la muchacha abandonara el mal vivir, fueron inútiles. No quería recibir favores de ningún hombre que no fuese el que amaba.

Monsalvat le preguntó, una de las primeras veces que habló con ella, si conocía a Nacha. Le contestó que no. Pero una semana después, contenta y risueña, le dijo que acababa de tratarla.

—¿Nacha, no? ¿Una delgadita, que fué amiga del Pampa Arnedo? Va a la casa de la paralítica, una vieja enferma que anda por la casa en una silla con ruedas. Yo voy allí todos los días. Nos hicimos ya muy amigas con Nacha. ¿Sabe?

Monsalvat ya no oía. En la soledad del mundo, no escuchaba sino el canto de su corazón.