Torres no aceptaba este colectivismo de la culpa que predicaba Monsalvat. El culpable de cada crimen era para él quién lo cometió o quién fué cómplice directo. ¿La sociedad? ¡Bah! Estaba muy lejos eso. Una abstracción. No existía sino el individuo, y la sociedad era un conjunto de individuos. Se despidió de Monsalvat, pues no quería discutir con él. Monsalvat razonaba poco. Afirmaba. Y sus afirmaciones eran dogmáticas, rotundas. A veces, parecían las ideas y las palabras de un iluminado.
Monsalvat se llevó la lista que le entregara Torres. Y con ella continuó al día siguiente su viaje por las comarcas malditas.
Dos días más tarde, habiendo caído por casualidad bajo sus ojos la crónica policial de un diario, leyó allí la muerte de su hermana. El diario lo contaba todo, daba el nombre de la morfinómana, la llamaba gran cocota, y, después de haber arrojado impúdicamente a la vergüenza pública un apellido estimado, aun moralizaba, con esa chirle filosofía de diez centavos que suelen babear algunos diarios. Para Monsalvat la muerte de Eugenia, y en semejantes condiciones, fué un terrible golpe. Envejeció diez años de repente. Se sintió aún más solo. Y desde entonces, su empeño en encontrar a Nacha se hizo frenético y exasperado. Apenas abandonaba su oficina, tomaba un taxi y allá se iba, todas las tardes, a buscar a Nacha. Así pasó todo Octubre.
Pero aquellos círculos infernales no eran para que impunemente los recorriese el primer venido. Monsalvat no conocía esos ambientes. Y padeció de mil maneras. Sufrió burlas, humillaciones, insultos. En algunas casas le sacaban dinero; en una lo robaron. Más de una vez no le dejaron entrar, y le cerraron la puerta arrojándole dicterios y palabrotas. Sufrió también por las infelices. Salía de sus exploraciones por aquellas selvas del mal, con el corazón dolorido, con el alma toda en sangre, con el cerebro oscuro, gastado, oprimido.
¡Y todo era inútil! En ninguna parte conocían a Nacha. Y pasaba el tiempo y la esperanza. Monsalvat tuvo, entonces, momentos de escepticismo. Añoró, en rápidos segundos de debilidad, su vida de antes. Se creyó vencido. Cayó en honda tristeza.
Intentó olvidar. Planeó varios artículos. Pensó en aquella reconstrucción del conventillo, suspendida por la terquedad de los inquilinos. ¡Pobres gentes! Explotados desde muchos siglos atrás. Explotados sus abuelos, sus padres, ellos. Y por esto, los infelices no veían las buenas intenciones. No creían, no podían creer en ellas. Imaginaban que los propósitos de Monsalvat ocultaban quién sabía qué nueva forma de explotación. Consideraban abusivo el que se les arrojase de allí. Protestaban iracundamente contra el nuevo encargado, que pretendía obligarlos a un mínimo de higiene. Monsalvat deseaba comenzar pronto las obras. Si no, los cuarenta mil pesos que acababa de darle el Banco Hipotecario desaparecerían entre los verdaderos pobres a quienes ayudaba y los falsos pobres que explotaban su buena fe y su simpatía humana.
Un atardecer, a principios de Noviembre, fué al conventillo. Chiquillos mugrientos, desnudos, andaban por entre las sombras del patio. Algunas mujeres esperaban a su hombre o a sus hijas. Guisaban frente a varios cuartos. Un acordeón sonaba hacia el fondo. El patio estaba obstruido por cajones, tablas, canastas, por mil objetos diferentes. Los chiquillos corrieron como locos anunciando al patrón. Se dijera que avisaban a sus madres la presencia del enemigo.
Se llenó el patio de gente. Muchos inquilinos habían vuelto ya de sus trabajos. Una muchacha, bastante bien vestida, de gran sombrero, se acercó al grupo. Monsalvat habló:
—Ustedes desconfiaron de mí. No tenían razón, pero hicieron bien. Yo no les hablé con el corazón en la mano. Quise, pero no supe hacerlo. Ahora yo les digo: ustedes son mis hermanos. Yo quisiera libertarlos del sufrimiento. Pero yo no soy sino un hombre. Yo puedo hacer poco por ustedes. Yo les daría esta casa, pero esta casa está en hipoteca. Y está en hipoteca para que ustedes tengan aire, luz, higiene. Para que vivan como hombres. Todo el dinero que me entregaron, será para convertir a esta casa infame en una casa habitable. Y entonces ustedes volverán. Y me pagarán muy poco, menos que ahora todavía. Sólo me ayudarán para el servicio de esa hipoteca. Yo podría vender la casa, alquilarla a otro. Pero no puedo permitir que se les amontone como a las bestias, que se les mantenga entre el lodo. Porque el amontonamiento, el lodo, la falta de higiene, la ignorancia es lo que hace persistir la explotación. Yo les pido que no duden de mí. Yo no soy un enemigo. Soy un amigo que les tiende los brazos...
Pero ellos no comprendían. "Quiere burlarse", exclamó una voz agria. Alguien le gritó que se callara y se fuera. Un viejo reía de aquella broma. Los chicuelos, perdido el miedo, aplaudieron y gritaron. Discutían los oyentes entre ellos. Todos seguían dudando. Un criollo, que era tipógrafo y anarquista, iba a hablar en nombre de los que no aceptaban el arreglo, cuando un tumulto se produjo.