Monsalvat comenzaba a creer que jamás encontraría a su amiga ni a su hermana. ¡Demasiado vasto aquel infierno! ¡Demasiado oscuras, intrincadas, revueltas las catacumbas del mundo subterráneo! Su acompañante díjole que no perdiera la esperanza. Y para que la tuviera, le mostró una larga lista que sacó del bolsillo. Una lista siniestra, espantable. Doscientas casas del género de aquéllas que visitaron; aristocráticas unas, burguesas otras, modestas la mayoría. ¡En alguna habían de hallar a las dos mujeres que buscaban! Monsalvat quedóse con la lista. Recorrería él una veintena de casas, aquéllas donde las dos muchachas pudieran tal vez acudir. Las recorrería él solo. No podía permitir que el médico perdiera su tiempo.

Pero Torres empeñóse en llevarle a una casa donde seguramente les darían noticias. Se anunciaron, y una sirvienta les hizo entrar en un vasto dormitorio. Allí no había el olor a agua de rosas y la elegancia al por mayor de la casa de madame Annette, ni el lujo espeso y mediocre en medio del que Juanita reinaba. Aquí todo era sencillo, sin llegar a la pobreza. No tardó en aparecer la dueña de la casa.

—Florinda—dijo el médico—, le presento al doctor Monsalvat. Mi amiga Florinda, la más simpática de las criollas...

—A sus órdenes, caballero. Puede mandarme. No le crea a este adulón. Es un antiguo amigo... de otros tiempos, ¡ay! que pasaron... Pero tome asiento, señor. Muy honrada con su visita. Le ruego que me mande, para servirle...

Florinda era una criolla cuarentona, alta, flaca, más bien fea. Casada y con un batallón de hijos, que vivían al fondo de la casa, y el menor de los cuales tenía seis meses. El marido ignoraba lo que ocurría allí. No tenía la menor noticia del comercio de su mujer. Y era tan prudente—¡tan bueno, decía Florinda!—que no preguntaba por la procedencia del dinero que le daba de comer. Salía de su casa muy temprano y regresaba a la noche, cuando no había peligro de enterarse de ciertas cosas. Admiraba y amaba a su fiel consorte, modelo de esposas y de dueñas de casa. Considerábala una gran señora. Sus presunciones de distinción, su hablar dengoso y arrastrado, sus maneras y palabras bondadosas, su pulcritud desconcertante, todo le encantaba a aquel marido ideal.

—¿Me pregunta por Nacha, el caballero?—interrogó Florinda, con su voz finita y su acento ingenuo, suavísimo, un poco dormilón.—Sí, señor. Sí, la conozco. Una señorita muy distinguida, muy formal, muy buena. La conozco, caballero. Tengo el placer de conocerla. Yo le profeso un gran cariño. Porque yo sé estimar a las personas que valen, a las de condición elevada. No me gusta la mala educación. Y yo me permito creer que la buena educación no se aprende. ¿Verdad, caballeros? No, no se aprende. Se la adquiere desde la cuna. El buen nacimiento es el mejor pergamino...

Hablaron un buen rato. A Torres le divertía aquella mujer. De cuando en cuando el médico soltaba alguna frase, alguna palabra de doble sentido o un poco arriesgada, y Florinda bajaba los ojos, enredaba los dedos en los pliegues de la bata y sonreía con rubor.

Florinda ignoraba el paradero de Nacha. Y a Eugenia jamás la oyó nombrar. Los amigos salieron. Florinda los despidió con una infinita serie de inclinaciones, sonrisas, palabras amables, ofrecimientos y toda suerte de cortesías.

—Ahí tiene una mujer que se cree honrada—dijo Torres—y ha vendido a su propia hija. Curioso, ¿eh?

—Todos somos culpables—exclamó Monsalvat, como si continuase su pensamiento.—En esa venta de la hija fué criminal el que la compró, y fueron criminales los padres de la madre, y los padres y los amigos del que la compró y los profesores que tuvo y los autores de los libros que leyó. ¿Quién queda sin culpa? ¿Quién hizo algo para que la venta no sucediese? Y los que legislan, ¿qué ley dictaron para evitar estos males? Y los que vigilan, ¿no fueron cómplices?