Era aún temprano, las seis de la tarde, y decidieron visitar a Juanita Sanmartino. Los recibió en una inmensa sala, llena de cortinados y de pretenciosos muebles. La italiana, con su habitual prosopopeya, con el cuerpo erguido, su cabeza de Reina Victoria, saludó amablemente a los dos hombres. Monsalvat, de pie, veía pasar por el corredor una chicuela como de trece años. Escondidas detrás de las persianas, algunas mujeres espiaban a los visitantes. Monsalvat se hallaba emocionado. Creía notar en todas partes, en cada rincón de la casa, en el aire, en los muebles, las huellas de Nacha. Pero también adivinaba que allí no la encontraría.

—Ha venido aquí algunas veces, esa muchacha—decía en tono amable, moviendo la cabeza con lentitud, Juanita.—Muy simpática. Bastante linda. Estaba aquí contenta. Pero ya no viene. Sin duda, ha hecho alguna buena amistad...

Se interrumpió, mirando a los dos hombres, en el temor de haber molestado a alguno de ellos. Monsalvat no había podido evitar un sacudimiento de todo su ser, como si le hubiesen aplicado una corriente eléctrica.

—Ha dejado de venir. Sí... no sé por qué... A veces los clientes se llevan a las muchachas de la casa. Les ponen un departamento... Pero no creo que sea el caso...

Monsalvat palideció. ¿La había perdido otra vez? Torres preguntó quién era el cliente que hizo amistad con Nacha, y la Juanita no vaciló en darle su nombre. Luego, cuando quedaron en silencio, el médico miró a su amigo y le hizo una indicación con los ojos. Monsalvat comprendió. Era el momento de averiguar de Eugenia. El hermano no se atrevía. El médico entonces lo hizo. Nada supieron. Sospechando que se cambiara el nombre, Monsalvat la describió. ¿Pero era exacto el retrato? ¡Tantos años sin verla! Juanita no pudo asegurarles nada. Allí estuvieron varias muchachas del tipo que pintara Monsalvat.

Iban a salir. Juanita, sin faltar a su solemne dignidad de reina de opereta en el destierro, les ofreció la casa. A Torres lo conocía desde años atrás, y no ignoraba la existencia de Monsalvat, cuyo apellido ilustre había visto en los diarios tantas veces.

—¿Y esa criatura que andaba por el corredor?—preguntó Monsalvat a Torres con angustia, cuando estuvieron en la calle.

—Es la hija. Curioso, ¿eh? Juanita se sacrifica por ella. Espera retirarse del negocio, venderlo en buenas condiciones, cuando haya amontonado una fortunita ¿sabe? Para que su hija pueda ser virtuosa, ¿eh?, explota ella el vicio de los demás.

Monsalvat dijo que aquella niña no podría ser virtuosa. La curiosidad, las conversaciones que oía, los cariños que sorprendería, lo que adivinaba tal vez...

—Te equivocas. Las muchachas de la vida estiman la virtud más que nosotros. Deliberadamente no dirán nada que ella no pueda oir. Ahora, es probable, ¿eh?, que algunas veces se distraigan... Además, esa chica debe considerar el amor, y estas cosas que no lo son, aunque algo se le parecen, como un simple negocio... Ve que todas se venden... ¿eh? Todas las que ella conoce. Y ella también se venderá, a un buen hombre que tenga alguna fortuna. Se venderá, pero no por veinte pesos sino por cien mil. Se casará bien.