El médico insistió, comprendiendo la falsedad de aquella negativa. Madame Annette, con sus modos ordinarios y su voz desagradable, persistía en su actitud. Monsalvat sentía un indefinible malestar. ¿Cómo semejante mujer, antipática, plebeya, malhumorada, consiguió poner aquella casa y mantener la clientela que decía el médico? ¿Qué arte especial poseía la bruja? ¡Ah, seguramente que debajo del lujo ostensible había espantosos crímenes! Seguramente, que la bruja sabía satisfacer a su aristocrática, su exigente, su refinada clientela, con bocados exquisitos, logrados por los más viles engaños y las más odiosas miserias.

—¿Llamo a las muchachas?—preguntó la francesa con brusquedad, desconfiando de sus visitantes, pues a Torres apenas le conocía y había observado el disgusto de Monsalvat.

—Iremos al comedor. Las convidaremos con champaña—contestó el médico.

Tres mujeres entraron. Una, era aquella chica que allí mismo conociera Nacha. Monsalvat se estremeció al ver a la criatura. Sus ojos cayeron como látigos sobre el rostro de la Annette, que bajó los suyos, más temerosa que avergonzada. Torres llamó a la chica al sofá donde él estaba. La Annette salió para preparar el champaña y dejar solos a los visitantes y a las muchachas.

Monsalvat habló con una magnífica morena de ojos indígenas, que dijo ser paraguaya. Resabios de las razas nativas, de los guaraníes, había en su rostro y en su hablar. No sabía nada de Nacha. No la oyó nombrar jamás. Monsalvat, que veía una víctima en cada mujer de la vida, le rogó su historia. Imaginaba toda clase de ignominias de parte de los padres, del novio, de otras gentes. La muchacha declaró que aquélla era la gran vida. Placeres, libertad, dinero. No trabajaba, los hombres le decían lindas palabras. Enorme sensualismo había en sus ojos y sus labios. Debía ser una satiresa, una vampiresa. Amaba el placer por el placer. Elogiando su vida, echaba besos al aire, cruzaba los brazos en el pecho y los apretaba con terrible lujuria. Bebió el champaña en pequeñísimos sorbos, con infinita voluptuosidad, sacando la punta de la lengua y moviéndola de un lado a otro picarescamente, mientras hacía estremecer sus flancos y guiñaba un ojo a su vecino. Monsalvat habíase entristecido. Aquella mujer representaba para él lo irremediable. Tal vez nadie la considerase víctima, y sin embargo lo era tanto como las otras. Víctima de herencias mortales, víctima quizás de un alcoholismo que provenía de miserias involuntarias, de miserias materiales impuestas por la sociedad, o de miserias producidas por el odio, por los prejuicios, por la maldad. Todo se encadenaba en el mundo. Un mal venía de otro mal. Por ello era necesario reconstruirlo todo, para arrojar de la tierra el demonio de la injusticia, que hace infelices a tantos seres y a sus hijos y a hijos de sus hijos.

Mientras tanto, Torres obtenía algunos informes de su interlocutora. La chica se acordaba de una muchacha buena, que estuvo allí una tarde. Se había compadecido de ella, y se llamaba Nacha. Se había ido enojada con madama, porque... un cliente... cosas de ese señor... en fin...

Torres llamó aparte a la Annette. Inventó una historia desfavorable a Nacha. La buscaban para hacerla meter presa. Madame, entonces, declaró que, en efecto, estuvo allí una tarde.

—Métala pronto en la cárcel, porque esa mujer no es una persona decente. Yo no debo a nadie un centavo. Yo educo a mi hija como una buena madre. Yo tengo amigos entre lo mejor de Buenos Aires, usted sabe. ¿Y ella? Une canaille! C'est de la merde, des gens comme ça! Cré nom!

Salieron de allí los dos amigos. En la puerta encontraron una conocida de Torres, que bajaba de un auto. Era Amelia, cada vez más picante y más fresca. Torres le preguntó por Nacha.

—Va a la casa de Juanita. Me han dicho ayer. Yo le confieso, ché mediquín, que no la entiendo a Nacha. ¡Ir a la casa de Juanita! ¡Qué pavada! ¿No? Una debe conservar su situación. No hay que descender sin motivo. Ir a esa casa es rebajarse... Cierto que aquí una debe tratar con vejestorios y con sonsos, pero... ¿Y cómo me encontrás, mediquín? ¿Me pongo vieja? Bueno, hijo, te dejo porque me esperan arriba... Adiós. Muy buenmozo, tu amigo. ¡Adiós, viejo!