Julieta y Nacha, antes que se arreglara el cuarto para velar a la muerta, buscaron ávidamente en los cajones algún indicio de su verdadero nombre y apellido. No tardaron en encontrarlo. Atadas con una cinta azul, hallaron cartas viejas. Casi todas tenían como encabezamiento "querida Eugenia", y otras "tu hermano Fernando". Entre las cartas había tres retratos: el de un hombre de edad, el de una mujer y de Fernando Monsalvat. Nacha se apoderó del último retrato. Ya no quedaban dudas de que la desgraciada morfinómana era Eugenia Monsalvat.

Nacha no había visto morir a nadie, y aquella muerte le impresionó de un modo horrible. Veíase agonizante, sola, abandonada de todo el mundo. Recordaba cuanto le dijera Monsalvat e imaginábase que moría sin que nadie tuviese para ella una palabra de compasión, imaginábase que la arrojaban en la tumba con el desinterés con que se arrojaría a un perro. Tal terror tenía, que le era imposible quedarse sola ni un instante. No quiso acostarse en toda la noche. Una vez que intentó dormir vestida, se despertó a los pocos minutos, y, creyendo que estaba encerrada en un cajón de muerto, dió un grito que alarmó a toda la gente de la casa.

Permaneció la noche entera velando a Ana María. La cordobesa y doña Lucía dirigieron el arreglo del cuarto y amortajaron el cadáver. Sara, que después de comer salía todas las noches a la calle, se quedó, silenciosa y llena de miedos fantásticos. Ella y Nacha se comunicaban sus terrores. La cordobesa dijo que era necesario rezar. Y así los hombres que había en la casa contemplaron el espectáculo de las tres muchachas que, dirigidas por la cordobesa y emocionadas y llorosas, rezaban el rosario en coro. Fué una escena desoladoramente triste. El pobre cajón de pino, los dos únicos velones amarillos, aquel rezo por la infeliz prostituta que murió en la miseria y lejos de su familia, el dolor de aquellas mujeres que parecían llorar arrepentidas, todo impresionaba a los tres o cuatro hombres que presenciaban el cuadro. La vida de la muerta, triste como la vida de las desdichadas que rezaban por ella, estaba allí, en aquel cuarto de dolor. Se dijera que los largos días de eso tan desesperante que se llama la "vida alegre", que las noches de placer de Ana María, que sus besos y sus risas y las copas del champaña que bebió en sus años de gran cocota, se habían convertido en crespones funerarios y ennegrecían las paredes del cuartucho. Se habían convertido también en lágrimas y velaban los ojos de las demás mujeres. ¡Lloraban las pobres mujeres! Lloraban su pasado, lloraban su futuro, lloraban su muerte en la soledad y en la miseria. Y lloraban sobre todo lo que era peor que todo: ¡lloraban su desesperación!

En un momento, cuando comenzaron las mujeres a rezar, los dos estudiantes, ambos despreocupados, incrédulos, incapaces de comprender lo que hay de serio en la vida, tuvieron una misma idea. Los dos quisieron hacer algo por aquella muerta, quisieron asociarse a aquel dolor. Y se persignaron casi al mismo tiempo, zurdamente, escondiéndose el uno del otro. Los dos advirtieron la maniobra del compañero. Y lo que en otra ocasión hubiera sido tema de chacota, sólo les sacó una imperceptible sonrisa, una sonrisa dolorosa, penetrada de piedad. ¡Los dos sabían que estaban velando el final de una vida trágica! ¡Los dos sabían que estaban también velando la inquietud angustiosa de unas cuantas vidas trágicas!

XIV

En los oídos de Monsalvat sonaban incesantemente, trágicamente, las palabras del médico: "Ha vuelto a la vida". ¿Por qué no diría el médico: "Ha vuelto a la muerte"? Pero no. Había dicho bien. Aquella vuelta a "la vida", a la mala vida, a la falsa vida, es decir a la muerte, ¿no era acaso el principio de la vuelta a la verdadera vida? ¡Cuántas esperanzas de encontrar a Nacha! Todo el universo estaba lleno de esperanzas. Los letreros de las calles hablaban de encontrar a Nacha. Las bocinas de los automóviles, los gritos de los vendedores, todos los ruidos multiformes de la ciudad multiforme, le aseguraban que pronto encontraría a Nacha. Si pensaba en lo horrible, en lo inhumano, en lo doloroso de la vida actual de Nacha, Monsalvat sentía el vacío en su corazón. ¡Ah, imaginar que en ese momento, ella tal vez se vendía a otro hombre...! Mejor no pensar en nada. Aquello era espantoso. Y sin embargo, si aquello no existiese, quizás nunca la encontraría.

Comenzó entonces, junto con el médico, a buscar a su amiga. Fué un viaje doloroso, un largo viaje doloroso a través del mundo de las desgraciadas. Una peregrinación de su alma a través de las tierras bajas donde moran las mujeres que perdieron su alma. Un martirio de su corazón, en medio de innumerables corazones martirizados. ¡Y eso que las primeras etapas de su viaje sólo abarcaban los primeros círculos de aquel infierno de las mujeres malditas! Eran los círculos ésos, los lugares que pudiera frecuentar Nacha. Había otros círculos infernales más trágicos, más monstruosos en el dolor y la bajeza.

Bajó Monsalvat al infierno en compañía del médico. La puerta del infierno era la puerta de la casa de madame Annette. Allí podría leerse las palabras del Dante: "Por mí se va a la ciudad del llanto; por mí se va al eterno dolor; por mí se va hacia la raza condenada... ¡Oh, vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!" Pero no era aquélla la única puerta de este infierno. Había infinitas puertas por donde entraban las desgraciadas para no salir jamás. Sólo que en la casa de la Annette estaba la puerta principal: la puerta de oro.

—¿Nacha Regules?—exclamó la francesa, con azoramiento.— Connais pas!