La voz de Ana María parecía salir debajo de la tierra.

—Nacha... ¿quiere contarme su historia?

Temerosa de Ana María, Nacha refirió su historia nerviosamente, con precipitación. Ana María se iba poniendo pálida, cada vez más pálida. Sus manos le temblaban. Sus ojos parecían absortos en quién sabe qué lejanos recuerdos. Ya era de noche y no había luz en el cuarto. Nacha no se atrevía a levantarse para ir a encender la luz eléctrica.

—Siga... siga—rogó Ana María, al ver que Nacha se había interrumpido.

Nacha comentaba ahora el interés de Monsalvat por salvarla.

—A veces pienso que me debe querer enormemente. ¿Qué hombre hace lo que hizo él por mí? Pero otras veces creo que no es por mí. Creo que es por su hermana, por una hermana que fué engañada y se perdió. Creo que hizo por mí lo que quisiera hacer por ella.

La expresión de Ana María era cada vez más extraña. ¡Qué vaguedad en sus ojos! ¡Qué misterio, qué anuncios de muerte en toda ella! Nacha, aterrorizada, estaba a punto de llamar. Ana María no hablaba, inmóvil, casi inmaterial. Por fin se levantó sin decir nada y se fué, vacilante, teniendo que apoyarse en los muebles para poder caminar. Cuando Julieta y Sara vinieron, Nacha les contó.

—¿Lo conocerá a Monsalvat? ¡Quién sabe si no ha sido su amante!—dijo Sara.

—¡Ah, ya sé!—exclamó Nacha, estremecida.—¡Es su hermana! ¡Pobre Ana María! ¡Es su hermana, su hermana!

Julieta se precipitó en el cuarto de Ana María para averiguarle. La encontró tendida en la cama, insensible, como si dormitase. La contempló un rato. Ana María abría a veces los ojos, pero no debía ver nada. Se dijera que estaba soñando. Julieta le habló, asustada, comprendiendo que aquello no era normal. Pero Ana María no contestaba. Julieta permanecía indecisa, sin saber qué hacer, cuando vió que Ana María se inquietaba, que decía cosas ininteligibles. Julieta entonces llamó a Sara y a Nacha. A las tres se les ocurrió darle cognac. Ana María empeoró. Ahora se quejaba, aunque débilmente. Pero a poco se fué agravando, hasta llegar al delirio. Llamaron al médico. Toda la gente de la casa fué a curiosear. Unos entraban en la pieza. Otros preguntaban a los que salían. Doña Lucía, llena de escrúpulos, no se animaba a entrar. Cuando el médico llegó, la enferma agonizaba. No tardó el médico en comprender lo que ocurriera. En el suelo encontró una jeringuilla de Pravatz. En la mesa de noche, un frasco de morfina.